EL DÍA QUE SE (ME) PRENDIERON LAS ALARMAS

Hace unos años, en medio de una época un tanto oscura de mi vida, choqué un auto y me quebré la muñeca. Nunca me había quebrado un hueso. Si bien no dolió tanto como pensé que dolería romperse uno, fue uno de los procesos más incómodos y difíciles que tuve que atravesar en toda mi vida. Me pusieron un yeso en L hasta la axila, y no podía hacer nada por mí misma. Y como soy necia y caprichosa, tampoco quería pedir ayuda. Pasé la primera semana sin lavarme el pelo porque no me daba el ángulo para poder lavármelo yo sola. Me bañaba, eso sí. Por suerte me quebré la mano izquierda y no la derecha. Porque como soy diestra, si me hubiese quebrado la derecha no sólo no me hubiese lavado el pelo, sino me hubiese vuelto loca.
Con la mano sana entonces, me enjabonaba, me enjuagaba y me sacaba una selfie por día. Es la serie de autorretratos más triste que hice en toda mi carrera (y tengo una colección bestial de autorretratos de todos los colores), mi mirada es la más triste que me vi durante toda mi carrera, y todo lo que capturé en esas selfies fue triste y doloroso. “BROKEN” la titulé. No la publiqué en ningún lado y no sé si alguna vez la voy a publicar. Pero la hice, existe, y yo sé qué está ahí, escondida en mi disco rígido. Como el hueso que me rompí. No se ve pero sé que está ahí. Como no se desplazó no hubo que operar, entonces no tengo cicatrices en la piel. Y como cicatrizo rápido y de manera eficiente, tampoco me quedaron secuelas en cuestiones de movilidad. Nunca hice las 20 sesiones de kinesio que me recetó el médico, porque me dio paja pero también porque se me había vencido la obra social y no quería pagarlas de mi bolsillo. Por suerte se me curó sola, y se siente como si nunca nada le hubiera pasado. No me duele, no tengo un movimiento limitado en la articulación, de hecho si quisiera podría olvidarme que alguna vez pasó. Y como uno de mis más grandes miedos existenciales es olvidarme de las cosas (por eso saco fotos, por eso escribo este blog), decidí auto-recordarme sobre ese hueso roto todos los días. Me tatué una curita en la parte interior de mi muñeca izquierda, justo arriba de donde cicatrizó el hueso, aunque no se ve. Para no olvidarme, y también porque ese accidente me sirvió para curar otras cosas. Me sirvió para parar con muchas cosas; con el auto-boicot, con el drama, con el alcohol, con la angustia, con la baja autoestima, con la autocompasión, con estar siempre al borde del abismo, al borde de tirarme a las vías del tren. Aparte de que estuve obligada a parar de trabajar, a parar de entrenar, de ponerme remeras con mangas angostas. Le llamo “accidente” porque es lo que fue, pero también lo que fue es que yo busqué ese choque. Yo busqué quedar enyesada e inmovilizada y victimizada. Porque soy así, para parar con algo necesito estrellarme la cabeza contra una pared. Necesito que alguien me frene de una piña, necesito romperme un hueso. Necesito que me pongan los límites de golpe y con mano dura, como cuando en una persecución policial le tiran al auto en fuga esas tiras de púas que pinchan las gomas del auto de los malos y ganan los rati. Porque soy así, porque no tengo autocontrol y porque se me nubla la vista con el drama existencial de la minitah que llevo dentro, y empiezo a no darme cuenta de muchas cosas y necesito que un agente externo venga a desobnubilarme de una cachetada. Eso fue para mí ese accidente; una cachetada autoimpuesta que me abrió los ojos, la cabeza y el corazón, para poder focalizar en las cosas que realmente importan y valen la pena. Pasada la primera semana, que la viví como un período de arresto domiciliario, odiándome y sin salir de la cama, sin comer y sin lavarme los dientes, decidí que era suficiente; decidí pedir ayuda. Fui a una peluquería donde me lavaron el pelo y me masajearon la cabeza y las ideas durante 40 minutos, empecé a contactar amigos para ponerlos en tema y que me mimaran un poco, y empecé terapia. Desde ese pedido de ayuda, mi vida no hizo más que irse para arriba. Porque pasa eso, no? Cuando tocás fondo no te queda otra que irte para arriba. O morís ahogado en el fondo del mar o empezás a patalear hasta que encontrás aire, y respirás de nuevo. Vivís de nuevo.
En Berlín no manejo. Porque no tengo auto, porque no tengo plata para alquilar uno, porque me da miedo, porque no tengo el carnet internacional para manejar, porque no lo necesito, porque no quiero. En cambio, me compré una bici usada por 80 €. Una ganga.  Es una bici negra de hombre, gigante, altísima, pesada y hasta un poco incómoda, pero es mía, y la amo. Al final entre una rueda pinchada, las luces rotas y un cambio de frenos, terminé poniéndole más plata encima que la que había gastado al comprarla, pero no me importó. En la bicicletería ya me conocen, y como aún no manejo vocabulario técnico en alemán como “pinchada”, “frenos” o “me chocó un auto y me rompió las luces”, al bicicletero le hablo en inglés. Y cada vez que entro a la bicicletería con un problema nuevo, la recepcionista le anuncia al bicicletero que está trabajando atrás de una cortina que llegué, al grito de “die Englische Frau!” (la chica inglesa!). Me enternece y me da un poco de gracia que me identifiquen así, y decido bautizar a mi bici con el nombre Black Queen Elizabeth of England. Siempre odié a la gente  que le pone nombre a las bicis o a los autos, pero supongo que es como tener un hijo.. no te bancás a los niños hasta que tenés uno propio, y eso es lo que me pasó con la bici. Es mi medio de transporte pero también mi fiel compañera, que después de esos arreglitos que superaron los 80€ no me dejó nunca de garpe. El día que me di cuenta que los frenos no respondían del todo bien, me di cuenta cuando ya había salido de casa y estaba a medio camino de donde tenía que ir, adonde por supuesto estaba llegando tarde. Así que decidí no prestarle mucha atención y seguir andando, sólo no tan rápido y con un poco más de prudencia de lo normal. En un cruce donde yo tenía luz verde e iba sobre la bicisenda, haciendo las cosas bien for a change, se me cruza una mina. Durante unos 50 metros le toco insistentemente el timbre que llevo agarrado al manubrio y le grito en diferentes idiomas para llamarle la atención y que se corra de mi camino. La mina nunca me escucha, nunca se da cuenta de nada y nunca se corre. Pese a que yo iba despacio y mis intentos de esquivarla, todo sucede muy rápido para ambas y me la llevo puesta. El manubrio le queda entre las piernas y la levanto por el aire como sorete en pala. Me asusto, al mismo tiempo me alegro de estar en el país de los seguros y haber contratado un seguro de Responsabilidad Personal, nos caemos las dos al piso, me levanto. Ella estaba más asustada que yo, pero enseguida me doy cuenta que no la lastimé. Lo curioso fue que ella no paraba de pedirme perdón. Se sentía responsable de la situación, asumió culpa de haber tenido la cabeza en otro planeta y no darse cuenta que estaba parada en medio de la bicisenda y el peligro que allí corría. Yo creo que sí se había dado cuenta, pero había decidido no hacer nada al respecto. Me dio la fuerte sensación de que, como yo con el choque que me costó un mes y medio de yeso en L, ella estaba buscando ese choque. Porque a veces la cachetada que te despierta te la podés dar vos mismo, pero otras veces las alarmas son prendidas por agentes externos, por otras personas.

Apenas me vine a vivir a Berlín me pasó que de repente cantidades de amigos y conocidos se venían de vacaciones a Berlín. NUNCA nadie de mi círculo había elegido Berlín como destino, y de repente, todo el mundo. No por mí, claramente, pero digo.. las no-casualidades de la vida..
A muchos no pude ver en esas visitas, por no poder coincidir, porque yo estaba en Londres dándole la teta al bebé adulto Danés, o porque estaba simplemente demasiado ensimismada en mi propio drama de recién llegada y todo lo que ya conté en este blog, que a parte de energía, me consumía bocha de tiempo. Pero por suerte pude coincidir con dos personajes clave: Agustín y Martín L. Cuando me enteré que Agustín estaba en Europa, fue cuando nosotras estábamos en plena aventura escandinava . Estábamos haciendo el mismo viaje, el mismo recorrido, pero él nos llevaba uno o dos días de ventaja. Su travesía terminaba en Berlín, y le dije de vernos. Agustín en ese momento no era un amigo muy íntimo, era una de esas personas de las que sos fan, que lo seguís en todas las redes, que coincidís en alguna que otra clase de crossfit o te lo cruzás en algún recital (y te emociona saber que comparten los mismos gustos), te likeas o te comentás alguna que otra foto en instagram, quizás hasta te invita a su cumpleaños, pero siempre lo mirás de lejos, nunca se da la oportunidad de generar un vínculo de amistad íntima y verdadera. Un poco porque los dos somos tímidos, otro poco porque lo conocí a través de Martín y siempre es raro hacer un approach a alguien del círculo de tu ex. Entonces Agustín era, en ese momento, más un amigo de un amigo que me caía MUY bien, que un amigo propio. Pero cuando me enteré que estaba por acá, le dije enseguida de vernos sí o sí. Porque sentía que era finalmente mi oportunidad de entablar una amistad grosa con él, pero también porque yo estaba desesperada por un cable a tierra, o al menos un cable a Argentina. Se me acababan de ir Madre y Hermana, con el Danés se habían estabilizado un poco las cosas pero hasta ahí nomás, y yo me sentía muy sola, muy falta de amigos, de reírme, de hablar con alguien que me conociera, que quisiera entenderme, que me quiera un poco. Agustín enseguida me dijo que “obvio que nos íbamos a ver”, y yo dudaba si realmente me quería ver o si era de puro educado que me había dicho que sí, pero tampoco me importaba cuán genuino era ese sí. Un “sí” es un “sí”, y en ese momento me valió oro.
Nos acabábamos de mudar y adentro de la casa estaba aún todo un poco atado con alfileres. El Danés viajaba mucho, y la estadía de Agustín en Berlín coincidiría con un viaje del Danés a Londres. Lo invito a Agus a tomar una birra y me cuenta medio de paso que se habían enfriado las cosas con un chongo alemán que había pegado y que de un día para el otro se había quedado sin alojamiento en Berlín. Que estaba ahora buscando un cuarto o un departamento o algún lugar con cuatro paredes donde caerse muerto. No le di opción y le dije que se quedaba en casa. Me preguntó si estaba segura, que si no era molestia, que si había lugar. No sólo había lugar extra, porque estaba yo sola y la casa es gigante, sino que necesitaba que se quedara en casa. No por él, por mí, por mi desolación y mi hambre de cariño y amistad. Lo convenzo y convivimos juntos durante una semana entera. A mí se me caía la baba de felicidad. Durante esos 7 días no hacemos todo juntos, pero compartimos un montón de cosas. Desayunamos juntos, tomamos mate, le cocino, salimos, y (por fin!) nos hacemos amigos. Amigos de verdad. La única vez que salí a bailar en Berlín fue de la mano de Agustín. Me llevó a un boliche gay, a una fiesta drag, a la cual si ibas lookeado de drag queen en vez de cobrarte 12€ te dejaban pasar gratis. Lamenté no haber tenido esa información antes de salir de la casa. Igual pagamos los 12€ y entramos, vestidos de civil. Adentro aparte de estar lleno de gente, había 4 pistas de baile: una de música techno (después de todo, estamos en Berlín), una de música ochentosa alemana, una de música ochentosa internacional, y una de pop/rock contemporáneo. Esa última terminó siendo mi favorita, porque aunque canto como el culo algo que me encanta hacer es bailar canciones de las cuales me sé la letra. Bailamos durante 7 horas seguidas. Somos casi los últimos en irnos del lugar, y cuando salimos a la calle el sol ya estaba muy despierto y tan radiante que te partía la cara. Mientras bailamos nos tomamos mil birras pero las transpiramos al ritmo de Madonna, Beyonce y Britney Spears, y para el tiempo que estamos caminando por las calles de Kreuzberg ya estamos sobrios. Me doy cuenta que hacía muchos años no me pasaba esto de salir de un boliche oscuro y que ya sea de mañana, y me hace sentir vieja y joven a la vez. También me siento feliz. Agustín y 7 horas de un boliche gay era lo que estaba necesitando, y aparte de vieja y joven, me siento viva.
Aparte de bailar a lo loco entre drag queens y compartir un termo de mate todas las mañanas, con Agustín charlamos UN MONTÓN. De todo un poco, de la vida, de Berlín, de Argentina, pero sobre todas las cosas hablamos de hombres, y del Danés. Siempre me pareció interesante plantearle mi mal de amores a mis amigos hombres. Porque las minas a veces generalizamos demasiado y en vez de opinar sobre un hombre en particular, empezamos a emitir opinión acerca del género, y un poco se desvirtúa, y yo lo que buscaba era opinión sobre cosas particulares, no generales. Y me resultaba tremendamente interesante escucharlo a Agustín, un hombre, ahora un amigo, opinar acerca de lo que yo estaba viviendo. Agus tiene una mirada muy particular de las cosas, muy limpia, una mirada, a diferencia de mis amigas mujeres, desdramatizada. Me hace comentarios muy honestos, y me asombra un poco el enorme sentimiento que vuelca sobre cada consejo que me da. Como si me quisiera, como si fuéramos amigos de verdad desde hacía años, como si me conociera. Agus es más grande que yo, y el Danés también. Entre otras cosas, le explico a Agustín de mi obsesión por mi papá y por salir con hombres (mucho más) mayores que yo. Él me cuenta que él cuando tenía mi edad era como yo, pero que después se le pasó y empezó a permitirse salir con hombres de su misma edad o incluso más chicos, y que no se arrepiente de haber hecho ese cambio de estrategia de juego, que muy por el contrario, la pasó re bien. Lo escucho con atención pero le contesto que eso no me podría pasar a mí, porque a mí me encantan los hombres más grandes que yo, y que nunca pude ni identificarme ni conectar con hombres de mi edad, y MENOS más chicos, que era impensable e inconcebible para mí cambiar el rango de edad cuando de involucrarme sexual o emocionalmente con hombres se trata. Cuando le dije eso me miró enternecido, aguantándose un poco la risa, y me dijo “ya te va a llegar”. Yo no me aguanté la risa, me le reí en la cara y mientras pensaba en que me había dicho eso porque claramente no me conocía lo suficiente, le contesté “No, Agus.. a mí no! A mí me gusta mi síndrome de Edipo, soy fan del Edipo! Tengo cero interés en cambiarlo o combatirlo, me rehúso a salir con hombres que no tengan al menos 10 años más que yo.”. Agustín me volvió a mirar enternecido, como sabiendo, el muy brujo, que no pasaría mucho tiempo para que yo volviera con el rabo entre las piernas a darle la razón.. efectivamente, ya me iba a llegar.
Agus se fue de Berlín y a mí me quedó un agujero en la casa y en el corazón. Del síndrome de Edipo pasé al síndrome del nido vacío, sin escalas.

Un mes después de que Agustín se fue, llegó a Berlín Martín L. Martín L., también más grande que yo, es, en pocas palabras, un ex chongo. Es el único hombre con el que me acosté al que hoy puedo llamar amigo. Pero amigo de verdad, como terminó siendo Agus. Lo llamo Martín L. para diferenciarlo de Martín a secas, el Martín que ya todos conocemos. Cuando le avisé al Danés que “mi amigo Martín, con quien tenía un pasado íntimo (por no decir hot)” se quedaría en casa 6 días y 5 noches, se puso pálido. Martín el del blog? Me preguntó. Cuando le dije que era otro Martín, le volvió el color a la cara, como si de repente hubiéramos quedado todos fuera de peligro, y lo invitó entonces a quedarse mil noches si así lo deseaba. Very Berlín todo.
Martín L. es el único ex chongo que es un actual amigo, porque es el único hombre, entre Martín y el Danés, que no me hirió. Y no me hirió porque nunca me mintió. Nunca me dijo una cosa por otra, nunca me hizo promesas vacías. Lo conocí cuando fui a hacerle fotos a una de sus bandas mientras grababan un disco. Cuando le mandé las fotos me dijo que le gustaron, y que mi tatuaje de un teclado en mi antebrazo derecho también le había gustado. A mí él me encantó desde el primer momento que lo escuché tocar el piano. Cómo me pueden, los músicos! Chat en Facebook que va, chat en Facebook que viene, dijimos de vernos. La primera vez que vino a mi casa cayó con una botella de vino y una papaya. Después de ese día, de verlo cortar la papaya esa, y de verlo deslizando sus dedos de pianista a través de la carne naranja, dulce y madura de esa fruta para sacarle las semillas, después de ese día no pude nunca más comer una papaya sin calentarme. Y así fueron siempre nuestros encuentros. Dulces, calientes, maduros. Y digo maduros por esto de siempre haber tirado las cartas sobre la mesa, desde el primer momento. Una vez, después de que le dijera que me gustaría verlo más, o al menos más seguido, me dijo que él en ese momento no podía darme más que eso; más de lo que había ya entre los dos. “Yo lo único que puedo prometerte es que siempre te voy a dar lo mejor de mí”, me dijo. Y para mí fue lo máximo escuchar eso. No me estaba dando lo que yo quería (verlo más), pero me estaba dando algo mejor: su mejor versión. Siempre atesoré ese momento y que me haya dicho siempre la verdad de las cosas. Por eso me encantó cuando me enteré que vendría a Berlín, y salté de alegría cuando me dijo que pararía unos días en casa. Ni esa primera noche con la papaya, ni ninguna de las que le siguieron, se quedó a dormir. Ni él en mi casa ni yo en la de él. Los encuentros eran eso. Y a no mezclar las cosas. La ironía, no? Que la primera vez que se quedaría a dormir en mi casa sería en camas separadas, sin besos y sin papaya.
No sé si le pasará a todo el mundo, pero para mí el dormir con alguien tiene una carga muy pesada. Aún más que coger. El dormir es un acto enormemente íntimo. Aún más que coger. Y agradezco que Martín L. no me haya dado ese momento de intimidad durante nuestro affaire, porque hubiese hecho un corto circuito emocional en mi cabecita, hubiese confundido las cosas y no habríamos quedado amigos y no lo habría alojado en mi casa de Berlín y este post sería un poco menos entretenido. Me pasa algo, al dormir con alguien, siento que me expongo -y el otro también- de una forma en la que no es posible hacerlo en otras circunstancias. Es, de hecho, una de mis estrategias de conquista. Por lo general, cuando me gusta un chico y empezamos a salir o a darnos unos besos o lo que sea, siempre lo convenzo de pasar la primera noche juntos sin tener sexo, sólo durmiendo. Siempre (pero siempre) funciona. A la mañana siguiente les gusto diez veces más. Con Martín L. la estrategia fue inversa y me gané un amigo. Pero si no, románticamente, SIEMPRE funciona. Cuando empecé a salir con Martín le apliqué la estrategia durante 7 noches seguidas, y después estuvimos de novios durante casi 5 años. Así que cuando digo que funciona, es porque funciona.
Martín L. se quedó a dormir entonces 5 noches en mi casa de Berlín. Sin coger. No compartí tantas cosas como cuando se quedó Agustín; salimos un par de veces a tomar algo pero con un grupo de otros argentinos. Él salía a recorrer la ciudad y yo a mis clases de alemán. Nos cruzábamos entrando y saliendo de la casa, pero no hablamos ni compartimos mucho. Luego de volverse a Buenos Aires, intercambiamos unos mensajes por WhatsApp. Le digo que lamento no haber hecho más cosas con él, pero que me encantó verlo y que ojalá que vuelva pronto. Y que perdón que no le di mucha bola, que estaba medio en otra, con la cabeza un poco perdida, el alma partida, el corazón triste. Me dice que no se había animado a decírmelo antes, pero como yo abrí el juego ahora podía decírmelo: que se había dado cuenta, que se me notaba, que estaba un poco ahí y un poco ausente. Que no era yo, que hasta me había cambiado el tono de voz, que se me notaba que algo andaba mal, y que debería prestarle atención a eso y concentrarme un poco en buscar lo que me haga feliz, o al menos alejarme de lo que me estaba impidiendo llegar a esa felicidad.
La puta madre, en qué momento este pibe llegó a conocerme tanto? Si no dormimos juntos, no tenía una especie de coraza que ocultaba mis emociones frente a él? Me di cuenta que nuestro vínculo y todo ese tiempo que habíamos pasado juntos en Buenos Aires había sido más que sexo, vino y papaya. Me di cuenta que me había dejado conocer igual, que me había expuesto igual, aunque me haya saltado el paso estratégico de dormir sin avanzar. Con Martín L. siempre nos divertimos mucho juntos, siempre la pasamos bien, más allá de coger bien. Siempre nos hemos reído mucho juntos, y siento que esa fue la grieta que me dejó expuesta y le permitió a él sacarme tanto la ficha; el sentido del humor. Lo había subestimado, pero ahora le encuentro sentido. El sentido del humor habla mucho de una persona, aunque esa persona no hable mucho de sí misma.
Me deja reflexionando, con todas esas observaciones que me vomita por WhatsApp. Porque eran todas acertadas, y sabía que tenía razón, y sabía que debería escuchar lo que me estaba diciendo, y hacerle caso.
Ambas visitas las siento como una especie de intervention. Como si tanto Agustín como Martín L. hubieran sido enviados de la psicóloga que me atendió cuando me quebré la muñeca, a modo de reminder de todo el laburo que habíamos hecho juntas. Ese laburo que me había dado fuerzas para nadar desde el fondo del mar hasta la superficie de la felicidad. Me estaba olvidando de todo ese trabajo interno, me estaba olvidando de quién era, de lo feliz que podía ser, y Agustín y Martín L. fueron dos alarmas prendidas que vinieron a cachetearme la cara.

Yo una vez al año me enfermo. Sí o sí. Por lo general es gripe, pero un año fue una bronquitis aguda, otro año fue una gastritis terrible, pero por lo general es una gripecita que me tiene en cama 4 días y vuelta a la vida normal. No me molesta en absoluto, siento de hecho que es bueno para mi sistema inmunológico o algo así. Una vez al año está bien. Desde que llegué a Berlín me enfermé 5 veces, de las cuales 2 fueron graves.
Mientras estábamos en Estocolmo hicimos un paseo en barco que arrancó de día y con sol, pero para el momento que terminó el recorrido era de noche y soplaba un viento helado. Yo como de costumbre estaba en pelotas, muy desabrigada, y estaba encaprichada con quedarme en la parte de afuera del barco, porque las fotos iban a salir mejor desde ahí que desde adentro. Las fotos efectivamente salieron espectaculares, pero me agarré un resfrío TREMENDO, no eran moquitos y tos, era uno de esos resfríos de los que escuchás en la tele que matan a jubilados en invierno. Un resfrío en serio, un resfrío asesino, un resfrío vikingo. Ese resfrío terminó en un poco de fiebre, muchos mocos, mucha tos, y un dolor de oído tan fuerte que me hacía perder el equilibrio. Como dije, soy necia. Y cuando de salud se trata, necesito estar muriéndome para ir al médico. Si no, siempre espero que mi cuerpo actúe, que las cosas se solucionen por sí solas o por arte de magia (bah, como enfrento todos los problemas en mi vida..). No llegué a sentir que me moría, pero me asusté una mañana, la sexta mañana que pasaba en cama, me desperté con un ojo en compota, totalmente hinchado, rojo y supurando algo que parecía pus. Parecía conjuntivitis, pero de alguna forma no se sentía como tal, y estaba segura que estaba relacionado al resfrío sueco. Decido entonces dar el brazo a torcer, y llamo a un médico. Me derivan a una clínica especializada en oídos y ojos y todo lo que a mí me dolía en ese momento. Me atienden enseguida, y me dicen que qué suerte que había decidido hacerme atender. Lo que había pasado es que ese resfrío me había generado una infección en la garganta, que se propagó al oído (por eso dolía tanto). Cuando me tomé el avión de Oslo a Berlín, mi oído sufrió tanto el cambio de presión que casi implosiona, lo que agravó mil veces la infección. Hasta ahí, todo bien. Tardé tanto en ir a ver a un médico y había tapado tanto los síntomas tras automedicarme con kilos de ibuprofeno, que la infección no se curó y se me propagó al ojo. No era conjuntivitis, era un resfrío. La doctora me dijo, también, que si hubiese tardado aún más en ir a verla, la infección probablemente se me hubiese propagado al cerebro. Muy divertido todo. Me dio unas gotitas y el ojo, el oído y la cantidad de mocos en mi sistema respiratorio estaban normalizados en cuestión de días.
En todo el proceso el Danés no sabía qué hacer conmigo. Después de lo buena enfermera que había resultado yo aquella vez en Londres, él sentía que debía retribuir esos cuidados, o al menos intentarlo. Esa semana que estuve en cama queriendo morir, él con la mejor de las intenciones, queriendo levantarme el ánimo y levantarme de la cama, hacía cosas como poner música al palo, bailar en el dormitorio y extenderme los brazos para que baile con él. El cuerpo no me daba para hacer más que sonreírle desde las profundidades de las sábanas transpiradas de fiebre y los pañuelos descartables llenos de mocos que cubrían casi la totalidad del piso. Me enternecen los hombres. No es joda el instinto maternal. No digo que los hombres sean incapaces de cuidar de otra persona, pero a las mujeres nos sale algo desde adentro, de saber qué hacer. Quizás no sabemos cómo solucionar totalmente el problema, pero sabemos qué hacer hasta que llegue un profesional. Y creeme, no es invitar a la víctima a bailar.
Cuando eramos chicas y caíamos enfermas, mi papá siempre tomaba la posta de la situación y nos decía “quedate tranquila, porque yo soy medio médico”. Toda mi infancia juré que mi papá era médico part time, y golfista profesional la otra mitad del tiempo. Cuando fui creciendo aprendí que no era médico, sino martillero, golfista amateur con un handicap que oscilaba entre 6 y 8, y que sus dones para curarnos una fiebre o sacarnos una astilla de la planta del pie no eran gracias a haber estudiado medicina, sino era por un instinto paterno-maternal que había desarrollado por necesidad cuando era chico y se hacía cargo de sus 4 hermanos mientras su papá marino mercante estaba navegando y su mamá estaba en el bingo, y también por ese enorme corazón de león que esconde bajo su frialdad germana.
La primera infección me la banqué como una reina, pese a los retos de la doctora alemana, a los bailes del Danés y a la falta de mi papá, mi doctor favorito. La segunda infección, no.
El Danés estaba fuera de Berlín, en alguno de sus viajes de trabajo, cuando empecé a sentir una molestia en el oído (no el que se me había infectado en Estocolmo, en el otro). Por supuesto que no quería darle mucha bola, rogué al dios de los oídos que se me curara solo, por arte de magia, que el talento medicinal de mi papá viajara por el espacio y el tiempo y me curara, pero ningún dios escuchó mis plegarias. Pese a que esta vez no estaba resfriada, me di cuenta que era una infección, y una igual de grave que la primera, así que antes de que se me pasara al ojo y al cerebro, llamé a un médico. Universal Assistance que tan bien se había portado hasta ahora, en vez de derivarme a la clínica a la cual había ido la vez anterior, me mandaron a un médico a domicilio. Un médico clínico. Un médico que, como el Danés con sus bailes, vino a mi casa con las mejores intenciones, pero nada de lo que hizo o me recetó funcionó. Empezó clavándome un hisopo hasta el fondo del oído, con el que sentí que me rascaba el cerebro. Esto no está bien, pensé. Me recetó unos analgésicos para niños, me dijo que tomara mucha agua, que tratara de dormir, me hizo firmar un documento que decía que aceptaba los cargos extra por “haber pedido un médico a domicilio en vez de ir a una clínica” y que en unos días me llegaría la factura. Se me partía el cuerpo de dolor, no tenía energía para llamar y putear a Universal Assistance, ni para ir a comprar los analgésicos. Decido una vez más automedicarme y tratar de dormir. Pasé toda esa noche sintiendo que me moría. Nunca sentí un dolor así. El cuerpo entero me temblaba, se sacudía de dolor. No podía pensar, tenía la mente nublada y llegué a preguntarme si la infección esta vez sí había llegado al cerebro, y si así se sentía morir. Googleo remedios caseros para las infecciones de oído. Se me cruzaba la vista del dolor, pero logro leer que algo me haría sentir mucho mejor era empapar una toalla en agua hirviendo y acostarme del lado del oído enfermo sobre ella, dejando que el aire caliente me acariciara el tímpano. No sé muy bien de dónde saco fuerzas pero logro pararme, agarrándome de los muebles y las paredes llego a la cocina y pongo a hervir agua. Mientras espero que hierva los temblores que me recorrían el cuerpo se hacían cada vez más fuertes y violentos, y empecé a poder imaginar lo que se debe sentir tener un ataque de epilepsia. El agua tarda lo que parecen años en hervir, y lo único que me mantiene en pie es tararear una melodía que me invento en el momento. Como cuando un bebé llora y quien lo tiene en brazos trata de calmarlo mientras tararea una canción de cuna, ese tarareo que se hace sólo con la letra “M”.. Mmmm Mmmmm.. y el bebé eventualmente se queda dormido. Sigo tarareando, Mmmm Mmmmm.. El agua hierve, empapo una toalla y sigo las instrucciones de Google. Funciona, y la cara entera me sonríe de alivio. Hace mucho frío ya en Berlín y la toalla se enfría a una velocidad frustrantemente rápida, y necesito repetir el procedimiento unas 22 veces en toda la noche. Cuando amanece no puedo creer seguir viva. Quizás la infección no llegó al cerebro después de todo. Me siento débil, vacía, agotada. Quiero a mi papá. Quiero un oído nuevo. Quiero estar bien. Llamo a Universal Assistance y estoy lista para comerme vivo al primer telemarketer que me atienda. Logro que me deriven de urgencia a la clínica donde me habían mandado la primera vez. Me recibe, sorprendida, la misma médica. Le llama la atención que el oído de la otra vez esté completamente sano. Me enchufa una mini aspiradora en el oído infectado y siento como succiona una cantidad exorbitante de cera, pus y otros fluidos que mi cuerpo había generado tratando de curar ese desastre. Me dice que es una infección gravísima, aún peor que la primera. Putea contra Universal Assistance y no entiende cómo me mandaron al médico clínico y cómo hice para sobrevivir a esa noche del terror sola, sin analgésicos y sin mi papá. Durante toda la consulta me rodaban las lágrimas por la cara. No podía parar de llorar del dolor, del cansancio, de la soledad. La médica es sorprendentemente dulce conmigo, y me doy cuenta que mi papá no es el único alemán que esconde su dulzura tras la fama de frialdad germana.
Aparte de recetarme antibióticos y analgésicos para caballos, me incrusta en lo más profundo del oído una gasa empapada en antibiótico. Es la única manera, me dice. Durante 5 días tengo que volver a la clínica para repetir el mismo procedimiento. Todo me duele y más me duele no entender cómo o por qué me pasó esto. Las cinco veces que voy a la clínica y las cinco veces que me clavan la gasa en el oído le hago la misma pregunta. Y me responde lo mismo las cinco veces: puede haber sido por muchas cosas. A veces una infección es signo de que algo más está pasando en el cuerpo. A veces, como la primera vez, es a causa de un fuerte resfrío. Otras veces puede ser por haber entrado en contacto con aire frío. Otras veces es porque sí y no hay más explicación que esa, y que dejara de hacer tantas preguntas. Estaba agotando la dulzura de la médica y decido dejar de preguntar tanto por qué y simplemente aceptar la situación.
Yo creo que el cuerpo es sabio. Aún si lo exponemos frente a las situaciones de riesgo más obvias, el cuerpo va a ser sabio en cuanto a la reacción frente a esos riesgos. Y cuando no hay riesgo aparente pero el cuerpo reacciona igual, como me estaba pasando con esta segunda infección, también es porque el cuerpo es sabio. El cuerpo es sabio. El cuerpo prende alarmas cuando necesita llamarte la atención. A mí mi cuerpo me estaba hablando, me había prendido una alarma, roja y con sirenas sonando a todo volumen. Mi cuerpo me estaba gritando cosas al oído, y yo no lo estaba escuchando.

EL DÍA QUE LAS DOS MADRES

Qué locura, son las madres. Cuánta intensidad, cuánto amor, cuánta locura, son las madres. Hacía menos de un mes que había apenas considerado la movida a Berlín. Una noche de verano cenando en La Cumbre con amigos y familia, Madre, de la nada, confiesa: “Estuve mirando pasajes a Berlín”. Yo acababa de tomar la decisión, ni siquiera había yo mirado pasajes, ni siquiera sabía cuándo me iría. Su confesión hizo reír a toda la mesa a carcajadas, pero también nos enterneció enormemente.

“Pero dejame irme”, le contesté, medio en chiste medio en serio. Necesitaba que me dejara ir primero, y después ella venir a visitarme. Sentí que si no le ponía un límite me iba a estar recibiendo ella en el aeropuerto de Berlín, con un cartelito tipo taxista con la frase “SOY TU MADRE, NUNCA TE VOY A DEJAR IR“. Cuando fui abanderada en sexto grado mi mamá no podía más de baba y cayó al acto escolar con una pancarta en forma de corazón que decía “SOY LA MAMÁ DE MORA”. El comentario de todos mis compañeros era que ellos se morirían de vergüenza si uno de sus padres hiciera algo así. Yo no me morí, y tampoco me daba vergüenza. Nunca tuve ese tipo de conflicto con o hacia mis padres. Tuve otros dramas con y hacia ellos, por supuesto. Pero nunca sentí vergüenza ni esa hostilidad adolescente de odiar a los padres porque sí. Les tuve siempre un amor extraordinario. Claro que entré en crisis más de una vez respecto a nuestra relación; me costó aceptar que no eran perfectos, también me costó aceptar que mi papá la había elegido a mi mamá y no a mí (ya he comentado en posts anteriores el tamaño monumental de mi Edipo), y me costó también entender durante el divorcio cómo mi mamá había dejado de elegir a mi papá, ante mis ojos el mejor hombre del mundo. Tuve esas pequeñas etapas de pequeño odio, pero todo superado. Entonces mi miedo a que mi mamá me abriera la puerta del aeropuerto de Berlín no era un capricho irracional adolescente, era la necesidad de cortar el cordón umbilical.
La realidad también es que ambos padres siempre nos criaron a ambas hijas bajo una ley primera de total libertad e independencia. Siempre nos hicieron sentir libres e independientes, y siempre fomentaron esos dos pilares. Pero el cordón está, igual. Aún cuando nos fuimos a vivir solas a Buenos Aires, a 800km del nido maternal, aún allí, el cordón estaba intacto; tirante, pero intacto. Aún si hubiésemos vivido en la misma ciudad, Madre no hubiese jugado el papel de la típica mamá gallina que me hubiese llenado el freezer de milanesas todos los fines de semana, no. Porque ella no cocina, porque yo no como milanesas, pero porque también le escapa al estereotipo de madre intensa. Tiene sus ángulos lindos igual, esa intensidad. Es muy lindo y muy contenedor tener a los padres vivos y presentes. Eso es algo que nunca dí por sentado. Siempre fui muy consciente y muy agradecida de tener a mis padres; vivos, presentes, interesados, amor-osos, de corazón gigante. Pese a mi afán por cortar el cordón umbilical con los dientes a esta altura de mi vida, me pregunto si es posible cortarlo del todo? Siento que la respuesta es que no, y me pregunto si eso es algo bueno o malo.
“No hay edad para perder a los padres” dice siempre Madre. Ella perdió al suyo a los 18 años y no sonrió durante un año entero. Por supuesto que era demasiado chica para ese duelo. Por supuesto que hay gente que pierde a los padres aún siendo más jóvenes, por supuesto que hay gente que los pierde antes de siquiera conocerlos. Yo siento que siempre voy a necesitar a mis viejos. Y siento que nunca voy a tener edad para perderlos, ni edad para nada en realidad. Pero siento que si perdiera a alguno de ellos, no podría nunca volver a sonreir. Cómo hace la gente, para perder a alguien y seguir sonriendo, seguir viviendo, seguir respirando, seguir siguiendo? Nunca tuve una pérdida en mi vida. La muerte más cercana que tuve fue la de mi abuela, mamá de mi papá. Cristina de Kirchner. Una vieja que se estiraba la cara con tiritas de cinta scotch y nos “cocinaba” sanguchitos de miga del día anterior cuando íbamos a visitarla. Una mina un tanto jodida que no nos quería a mi hermana y a mí, y dudo si alguna vez quiso a alguien realmente. Una abuela que se negaba a cuidar a sus dos nietas bebés cuando su nuera viajaba de Córdoba a Buenos Aires y necesitaba de alguien que le diera una mano con las criaturas. Una mujer que le hizo la vida un tanto difícil a sus 5 hijos, una madre que cagaba a palos a su hijo infectado con polio cada vez que éste cojeaba, la anti madre, la anti abuela. Pero parió a mi padre, ante mis ojos el mejor hombre del mundo. Y por eso, abuela Cris, sólo por eso, te quise. Cuando murió yo estaba viviendo en Francia y al recibir la noticia me puse muy triste. No por ella, no por mí. Por mi papá. Me puso muy triste no estar ahí con él, no poder abrazarlo, decirle que todo iba a estar bien. Porque pese a lo jodida que fue con él, conmigo y con todos los demás, pese al abandono, al desamor y a los sanguchitos de miga secos, era su mamá, y el cordón umbilical estaba, un poco viejo, debilitado, estirado y flácido como un elástico barato, pero estaba; siempre y para siempre, ahí, uniendo, indefectiblemente, inevitablemente, a la madre y al hijo. Porque esa es la relación con las madres: indefectible, inevitable, incuestionable, todo poderosa.
La verdad es que casi ni cuento esa muerte como una pérdida, porque yo no perdí nada ese día. Nunca sentí que había tenido una abuela, y nunca sentí perderla. La mayor pérdida que tuve en mi vida, la más gigante de todas, la más terrible y dolorosa, fue perderlo a Martín. Me toco la teta izquierda mientras escribo este párrafo, porque no se murió, pero sí lo perdí, y con esa pérdida algo en mí se murió. Una parte de mí, una versión de mí. Y nunca, nada ni nadie, me dolió tanto. Pude dibujar una sonrisa en mi boca enseguida después de separarnos, pero los ojos me sonreían diferentes, tenía la mirada rota de dolor. Y me pregunté, otra vez, cómo hace la gente, para perder a alguien, perderlo de verdad y seguir sonriendo, seguir viviendo, seguir respirando, seguir siguiendo?

Cuando éramos chicas nos peleábamos un montón con mi hermana. Nunca algo físico, nunca nos agarramos de los pelos ni nos cacheteamos (una vez sí, cuando tenía 9 o 10 años se me escapó una cachetada y casi me muero horrorizada), pero sí nos matábamos a gritos y puteadas. Nos peleabamos MUCHO. Cosas de chicos, qué sé yo, nada raro ni nada grave. Pero mi mamá se ponía muy mal, se enojaba, se angustiaba mucho, enseguida le empezaban a saltar las lágrimas y decía “Dejen de pelear, porque cuando papá y yo no estemos más acá sólo se van a tener la una a la otra”. Y tenía razón, pero a esa edad no podés pensarlo así, y te revienta que tu hermana te use las cosas o te diga tal o cual cosa, o que simplemente respire. Porque tener hermanos también un poco se trata de eso. Con los años, y sobre todo cuando empezamos a vivir lejos de la otra durante largos períodos de tiempo (primero yo un año en Francia, después ella un año en Italia y los dos primeros años que viví sola en BA), nos empezamos a extrañar MUCHO y las peleas se transformaron en palabras amables y promesas de amor eterno. Aún cuando ella se mudó conmigo a Buenos Aires, al principio nos matamos porque somos el agua y el aceite, pero luego aprendimos a complementarnos, y desde entonces vivimos en un idilio fraternal inmenso y absoluto.
Durante los casi 7 años que vivimos juntas y sin padres presentes en Buenos Aires, fuimos más que hermanas. Fuimos hijas y madres la una de la otra. La forma en la que nos queremos, la forma en la que nos cuidamos, cómo nos protegemos, cómo nos entendemos con sólo mirarnos, esa simbiosis, esa complicidad, ese amor incondicional que nos tenemos, tan grande y tan desde adentro que duele como un pelo encrnado; yo nunca vi algo así. Y no es sólo ante mis ojos. Recibimos muchos comentarios y admiración acerca del vínculo que tenemos. Al punto, por ejemplo, que cuando hace poco más de un año mi hermana se ganó una beca para ir a estudiar y trabajar a Nueva York durante 4 meses y yo no tenía definido lo de Berlín, un amigo de ella la apartó en una fiesta porque “tenía que hablarle de algo serio e importante”, y le hizo un planteo de cómo iba a embarcarse en algo así y romper la convivencia y dinámica diaria conmigo, que eramos como una, que no podíamos vivir en continentes diferentes, que no era buena idea bajo ningún concepto. Me hizo acordar a esa vez que Uma Thurman cayó a una fiesta con una cara totalmente diferente y generó todo tipo de críticas y especulaciones sobre si se había sometido a cirugía plástica o no. Ella sostenía que era sólo un efecto óptico de maquillaje, pero sus fans estaban re enojados y uno dijo algo así como “Cómo te atreviste Uma, cómo pudiste?! Tu cara era de todos nosotros.”. Con o sin cirugía, Uma sigue siendo Uma y a mi hermana y a mí no hay beca ni océano mediante que pueda cambiar lo que somos. Pero sí, los fans no estaban del todo de acuerdo.
Lo que todos estos años de hermandad había parecido ser el vínculo más fuerte, profundo y especial del mundo, redobló la apuesta y todo lo que nos une a la otra se intensificó y tomó una dimensión que apenas me entra en el pecho. Esa sería una pérdida de la cual nunca me recuperaría. Esa sí, me mataría. Por Lara, mi hermana, mi mejor amiga, mi segunda madre, mi primera hija, yo por ella me muero. Mato y muero por esa niña-madre. Y le doy la razón a mi vieja, 20 años después; porque cuando ella y el ante mis ojos el mejor hombre del mundo no estén más acá, lo único que me va a quedar es esta hermana, y me alegra tanto habernos peleado tanto cuando éramos chicas y haber agotado ese lote de peleas y que ahora sólo nos quede este amor gigante.

Así que me sentí por demás extasiada cuando después de que yo saqué mi pasaje a Berlín, Mamá Gallina y Hermana Gallina sacaron pasajes para venir a verme. Pese a la alegría que me daba la idea de reencontrarme con ellas, volver a verlas y abrazarlas, todavía era muy pronto. Llegué a Berlín el 3 de junio y ellas saldrían de Argentina el 3 de julio. Demasiado pronto. El cordón umbilical en vez de cortarse se hacía cada vez más fuerte y rechoncho. Porque si bien yo estaba feliz, estaba también cagada hasta las patas. Y ese “dejame irme” inicial que le había rogado a Madre se me estaba empezando a transformar en un “no me dejes ir”. Era demasiado pronto, pero también me aliviaba saber que estaría bajo el ala de mamá gallina nuevamente, y que todo andaría bien.
Acordamos entonces que empezarían su viaje por algún otro lugar de Europa, y terminarían el recorrido en Berlín. Lo que me dio unas semanas más para asentarme en mi nuevo hogar y calmar mis ansias.
A esta altura ya todos sabemos cómo estaban las cosas con el Danés (el que no, lo invito a leer los posts anteriores), y unas semanas antes de que las chicas llegaran a Berlín, cuando aún él y yo estábamos en el capítulo de Londres empiezo a filmar unos videos conceptuales que le dieron forma a una serie que llamé “CALMA CHICHA”. Son todos videos de agua en movimiento, y en el medio del cuadro una marca de agua que dice “Diazepam 15mg”. En esa época necesitaba mucha calma, y estos videos eran mi pedido de ayuda, eran el botón de morfina que apretaba cada vez que sentía que el corazón se me estaba por morir de dolor. Y estos videos funcionaban porque tengo algo con el agua, que me calma. Más allá de que soy (muy) escorpiana y según horoscopo.net eso significa, entre otras cosas, que “refiere a la intuición, la sensibilidad, el instinto, la curación del alma, las habilidades psíquicas y la compasión. Sus nativos son personas receptivas, capaces de conectar con las emociones más profundas del alma humana y comprender con facilidad el mundo del inconsciente.”, la conexión con el agua me pasa por otro lado. Como se habrán dado cuenta -o no-, yo lloro mucho. Cada vez menos, vale aclarar. Pero toda la vida fui muy muy llorona. Mamá es llorona también, pero llora más de emoción que de tristeza. Y cada vez que yo me ponía mal y el llanto empezaba a tomar control, mi mamá antes siquiera de preguntarme qué me pasaba, me daba un vaso de agua. Y no me preguntaba qué me pasaba, hasta que me terminaba el vaso. Charlabamos un poco lloraba un poco más, me daba otro vaso de agua, y me mandaba a darme una ducha. Y me quedó, eso de usar el agua para calmarme. Estar rodeada de agua, en contacto o al menos cerca de una masa de agua, siempre me calma. Calculo que tiene que ver un poco también con la idea de volver al vientre materno, a esa piletita tibia llena de diazepam y libre de preocupaciones y responsabilidades. Y cuando empiezo a hacer -y publicar- estos videos, yo lo único que quería era calma, era volver al útero, era dejar de llorar. Pero Madre lo único que leyó fue droga y le agarró una desesperación que casi adelanta el viaje pensando que debería venir a rescatar a una hija yonki e internarla en una granja. Le expliqué que no, que sólo extrañaba y estaba teniendo un episodio de mamitis aguda, pero que no había necesidad de cambiar el pasaje.

En algún momento de la primera semana de agosto, llegaron a Berlín. Las fui a buscar de sorpresa al aeropuerto, porque no podía aguantar un segundo más sin ellas. Las fui a buscar y ya en el tren hacia ellas se me cerró la garganta. Cuando las vi bajar del avión empecé a llorar a cántaros de alegría. Me estoy convirtiendo en mi madre, pensé. Es algo nuevo para mí llorar de emoción, llorar porque algo me pone contenta. Y así se me pasaron las 3 semanas que estuvieron de visita, con el llanto feliz siempre a punto de aflorar, con la garganta cerrada, con la sonrisa plena, el corazón contento.

Hicimos juntas: Berlín, Copenhague, Estocolmo, Oslo, Bergen y otra vez Berlín. El Danés nos acompañó en todo lo que fue Berlín y nos hizo de guía turístico en Copenhague. No es que haya sido mala idea, pero yo necesitaba estar sola con ellas. Y Londres aún era pintura fresca y necesitaba un break de él. Una noche en Copenhague me sugirió hacer rancho aparte, mandarlas a las chicas a pasear por ahí y hacer algo los dos solos. “Ah, no entendiste nada”, pensé. Lo mandé a volar con esa idea ridícula y estuve muy muy feliz y hasta aliviada cuando nos subimos al tren que nos llevaría de Copenhague a Estocolmo y no le vería la cara por al menos dos semanas. “Al final, la que no entiende nada soy yo, estando aún en esta relación”, pensé.

Pese a la desconexión que tenía con el Danés, siempre me sentí muy conectada con Escandinavia. No con la gente, pero ne lo que a geografía, clima y paisaje se refiere. Mi sueño absoluto es ir a la Antártida (o en su defecto al Ártico). Mi segundo sueño es ver las auroras boreales. Mi tercer sueño es comer y no engordar. Pero para los dos primeros, este viaje fue lo más cercana que estuve de cumplirlos, así que entre estar re-unida con mis gallinitas y estar cerca de dos de mis top 3 sueños en la vida, mi cabeza estaba a punto de implosionar de felicidad. Más allá igual de mi interés personal, es un viaje que recomiendo hacer, cualquiera sean tus top 3 sueños en la vida.
Fue un viaje por demás alucinante, cada lugar al que íbamos me dejaba sin respiración. Qué cosa alucinante, los paisajes en Escandinavia. Y ni siquiera llegamos tan al norte, pero en ese sentido es como Brasil: cuanto más al norte, más bello, más virgen, menos gente, menos argentinos. Más allá de los paisajes naturales, y esa cosita que tienen las montañas y los bosques de pinos que te llevan un poco a la Patagonia, la arquitectura escandinava (especialmente en Estocolmo) también es algo deslumbrante. Son postales muy imponentes y majestuosas, en ningún momento podés cerrar la boca de asombro.
Mi parte favorita de toda esta aventura fue una excursión que hicimos por los fiordos noruegos desde Bergen. Se hace una parte en tren y otra en barco. Tengo locura con viajar en tren, no sé bien por qué, pero me fascina. Y ese trayecto está rankeado como uno de los más bellos de Europa, así que era todo por demás increíble. La parte del barco es una especie de paseo en Buquebus pero en vez del Río de la Plata estás navegando en lo que parece el set de filmación de El Señor de Los Anillos, la parte de los elfos. Es algo absurdamente bello e irreal. Era el pico de belleza del viaje, pero también era el final del mismo. Nos habíamos llevado de maravilla las tres durante todo el trayecto. Nos habíamos reído hasta el dolor de panza, nos habíamos divertido como tres adolescentes en un viaje de egresados, nos habíamos dado todo el amor que habíamos acumulado en estos meses de estar separadas, habíamos descubierto todos estos lugares nuevos y espectaculares y los habíamos exprimido de la mejor forma, conociendo cada rincón, con los poros abiertos y respirando hondo todas estas nuevas experiencias. Todo todo había sido perfecto.. hasta que nos metimos a explorar los fiordos. En medio del paseo, arriba del barco lleno de turistas y sin escapatoria, se desató una pelea horrible y por supuesto innecesaria entre Madre y Hermana. Ni siquiera importa por qué peleaban, pero se dijeron algo que me molestó, me sentí tocada y no pude evitar meterme, y de repente estábamos las tres peleadas. Estábamos en el reino de los elfos escandinavos y ninguna lo estaba disfrutando. Madre se calzó los lentes negros y con el mentón apuntando al cielo y los brazos cruzados y enojados se sentó a tomar sol en el deck del barco, ignorándonos por completo. Lara se fue a recorrer el barco mientras ideaba un plan para amigarse con Madre. Yo, por supuesto, lloraba a mares en un rincón.
Tres días faltaban para que se volvieran a Argentina. Tres días de amor que me estaban robando a mí por estar peleadas. Me pregunté por qué no habían podido esperar a irse para sacar ese tema que las hizo enojar tanto y ahora eramos las tres como una pareja que está separada pero todavía están forzados a convivir bajo el mismo techo. Al día siguiente, el último día en Noruega, tuvimos el desayuno más triste del mundo. Sin hablarnos, sin sonreír, sin levantar la mirada del café, sin estar contentas. Qué duro debe ser divorciarse, qué tristes deben ser esos primeros desayunos. Es tremendo cómo con una pelea a veces es como si se borrara el disco rígido de buenos recuerdos de los días o semanas anteriores. Volvemos a Berlín, aún enojadas. Ellas enojadas entre ellas y yo tenía una posición neutral ante el conflicto pero estaba enojada con ellas por arruinarme esos últimos días que eran míos, como la cara de Uma.

Al llegar a Berlín finalmente charlan y no solucionan el problema pero sí dejan de estar enojadas. Se cancela el divorcio, todas contentas. Me doy cuenta que no fue la causa del conflicto, pero que teniendo la vuelta a Argentina tan pronta, estábamos todas sensibles, estábamos todas vulnerables, con la extrañitis a flor de piel, con un océano de emociones que ninguna sabía mucho cómo manejar. Y todo ese enojo que se desató en los fiordos no era enojo, era un poco la tristeza de estar llegando al final, de sabernos lejos las 3 una vez más. No era enojo, era dolor.

Y llegó así como si nada, el día de volver. Las llevo de la mano al aeropuerto con la garganta que se me cerraba un poco más con cada minuto que pasaba, siento que estoy cerca de dejar de respirar y me pregunto si sería capaz de autohacerme una traqueotomía con la Bic que tengo en la mochila. Por suerte en la mochila también tengo una botella de agua, opto por intentar eso primero, tomo unos cuantos tragos de agua, la garganta se me relaja, puedo respirar otra vez. Llegamos al aeropuerto con bastante tiempo, lo que hace peor todo. Cada minuto de espera es eterno y fugaz al mismo tiempo. Me angustia estar ahí pero estoy apreciando cada instante, aprovechando para abrazarlas lo más fuerte que puedo, memorizando la forma de sus cuerpos contra el mío, el olor de sus pelos, la forma de sus caras, el sonido de sus risas. Siento que no las voy a volver a ver. En cuanto abandonen ese aeropuerto yo me quedaría, finalmente, sola en Berlín. Sola con el Danés. Esta vez era de verdad. Esta vez sí habría una especie de paréntesis en el cordón umbilical. Esta vez me estaban soltando la mano y yo tenía que jugar a ser adulta. No era esto lo que querías? Me pregunto a mí misma y no sé qué responderme. Sí. No. No sé. Yo lo que quiero es volver a la panza de mi mamá. Yo lo que quiero es volver a ser chiquita y que mis papás sigan juntos y tener una abuela que no me quiere y ser feliz con eso. Me abruman tantas emociones, me abruma tener que hacerme cargo de mí misma, de mi edad, de un futuro, de cortar el cordón umbilical. Se hace la hora y ya llaman a embarcar. Por suerte la cola para el control de seguridad es larguísima y tengo unos momentos extra para observarlas a ellas y tratar de tragarme con los ojos su presencia. Se dan vuelta para mirarme y soplarme un último beso. Les sonrío con mucho esfuerzo, no quiero que me vean llorar (más). No quiero que mamá se vaya con la imagen de mi cara hinchada y destruida por el llanto, no quiero que se vaya preocupada por mí. Así que sonrío y les devuelvo el beso, agito los brazos saludándolas y deseándoles el mejor de los vuelos. Segundos después de que desaparecen de mi vista, en esa misma fila se desata una pelea muy violenta entre una pasajera y uno de los tipos de seguridad. No entiendo el idioma y no entiendo cuál es el problema, pero la mujer estaba muy enojada, y como ofendida y a los gritos se va de la fila pisando fuerte, y en el camino deja en el piso apoyada una valija un tanto sospechosa. Porque cualquier valija abandonada en un aeropuerto es sospechosa, y era justo la época en que había habido una ola de inconvenientes terroristas en Europa, y estábamos todos esperando la próxima bomba. En vez de salir corriendo, me quedo mirando. Quiero saber cómo termina la pelea aunque no entienda cómo empezó, pero también pienso que si ahí adentro hay una bomba, no me importa si explota. Si es morir o vivir extrañando a las dos mujeres que acabo de despedir, elijo morir. Me pregunto cómo hacen los expatriados para no morir en vida. No es vida tener el corazón partido, no sé cuánto tiempo pueda sobrevivir extrañando tanto a alguien. Qué voy a hacer el día que se me muera alguien? Qué voy a hacer el día que se me muera uno de mis padres? Me voy a morir de tristeza yo también. Cómo puede ser que me dominen tanto las emociones, cómo puede ser que sea tan débil, cómo puedo tener un corazón tan fácil de romper?
Al final la mina vuelve a por su valija y no explota ninguna bomba y yo no me muero y el avión despega con un cacho de mi corazón a bordo.

“Cuando seas madre vas a entender”, me dice la mía cada vez que la llamo sobreprotectora o exagerada o dramática. Dice que cuando yo sea madre, voy a entender muchas cosas, y que voy a amar como nunca lo hice antes, pero que también voy a sufrir como nunca antes lo hice. Es eso siquiera posible?! Amar mas, sufrir más, sentir más?! Me agota pensarlo. Me agota y me aterra la idea de ser madre. También me gusta la idea, claro. Pero principalmente me agota y me aterra. Más que madre yo quiero ser abuela. Quizás para vengarme de la mía. Pero le tengo una idea más amable, al abuelazgo que a la maternidad. Como algo menos extremo, menos doloroso.
Aparte de los sentimientos y el sufrimiento que aparentemente me traería a mi persona tener un hijo, me pesa la idea también de generarle a alguien todo este mar de emociones. Me asusta estar del otro lado de ese vínculo indefectible, inevitable, incuestionable, todo poderoso. Me asusta ser responsable y creadora de algo tan enorme. Pero, si alguna vez en mi vida tengo la chance de generarle el nivel de amor que mis padres me generan y me han generado siempre a alguien, y si alguna vez tengo la chance de darle a alguien un hermano, de regalarle la posibilidad de generar el vínculo que yo tengo con mi hermana.. todo, absolutamente todo va a haber tenido sentido.
Pienso todo esto en el tren de regreso a mi casa, donde me espera el Danés impaciente. Estoy convencida de todo lo que pienso sentada en ese tren mientras me seco las lágrimas y los mocos de la cara, pero también pienso que no es el momento, y con último traguito de agua que me queda en la botella que tengo todavía en la mochila, me tomo la pastilla anticonceptiva.

EL DÍA QUE NOS MUDAMOS

Qué ensañamiento el de los hombres el de hablar de más. No digo ‘mentir’ (no siempre), pero ‘hablar de más’. Muy de más. Se van de boca casi por deporte. Prometedores empedernidos, fanáticos de hacer ilusión.

Vos de lo único que te tenés que ocupar es de llegar a Berlín, me dijo el Danés. Lo Ú N I C O que tenés que hacer, es llegar a Berlín. Que se encargaba de todo: de buscar -y conseguir- casa, de los muebles, de la vajilla, de las sábanas y las toallas, de que sea un alquiler con precios cuidados, y que incluya cocina. Porque sí, los alemanes tienen la curiosa costumbre de llevarse con ellos la cocina cuando se mudan, y yo quería que me hicieran las cosas lo más fácil posible. El Danés había vivido en Berlín antes, un par de años atrás. Eso es lo que facilitaba el acto heróico de que él se ocupara de todo. Porque ya conocía; la ciudad, los barrios, la movida, el idioma, y porque tenía en un depósito todos los muebles, sábanas, toallas y vajilla de esa otra vida.

Yo hice mi parte: vine a Berlín. Después de todo, soy mujer de palabra. Llegué, pero no teníamos casa. Ni muebles, ni sábanas, ni toallas. No es que no se haya ocupado por forro, ni por garca. Pero se llenó la boca de promesas, y se olvidó. Cuando llegué teníamos un alquiler temporal medio regalado a través del sindicato del padre del Danés por una semana, que luego logramos estirar a dos. Trató de romantizar la situación diciendo que le parecía divertido vivir una semana en cada barrio y ver qué onda. Que quería elegir conmigo dónde vivir, que quería ver qué barrio me gustaba a mí, y que no había querido elegir por los dos. Que era mejor hacer esto en equipo, de a dos, de la mano. ‘Okay’, le dije entre dientes. Sonaba romántico, y sonaba divertido, pero me daba bronca. Me dan bronca los hombres, son el sexo de (hacer) promesas. Me daba bronca que me haya dicho una cosa y después resultó otra. ES cierto que le parecía más romántico y divertido que yo participara de la cacería de departamentos, ES cierto que el tema de los alquileres en Berlín se dificultó en los últimos tiempos, pero también ES cierto que no se ocupó, cuando dijo que lo haría. Punto.

Y así pasamos las primeras 14 semanas en Berlín: la hermosa, romántica y divertida pesadilla de buscar departamento. Del departamento del sindicato pasamos a un AirBnb, luego a Copenhague (para más referencias leer el post del 8 de julio), de Copenhague a Londres (leer post del 29 de agosto), de Londres de nuevo a Berlín, donde dos AirBnb y un subalquiler temporal más tarde, seguíamos en bolas. Agravantes a tener en cuenta: Se acuerdan en el primer texto que publiqué en este blog, que contaba cómo me mudé con mil valijas, 18 kilos de sobrepeso en equipaje, y lo divertida que nos había parecido toda esa travesía? Bueno, las mil valijas y los 18 kilos extra perdieron glamour y gracia con la velocidad del tren bala, cuando me tocó cargarlos al hombro -literal-. Porque desde el momento en que me bajé del avión, el Danés se exasperó medio en joda medio bastante en serio, por mi cantidad y peso de equipaje. ‘No sos una light traveler’, me dijo. No, papito, no es que no sepa viajar ligeramente; ME MUDÉ. Me mudé de departamento, de país, de continente, carajo mierda. Pero nunca la entendió, y nunca dejó de molestarle. Así que un poco por orgullo, un poco porque me tenía las pelotas llenas con el tema, le dije que dejara de rezongar con mi equipaje porque en todo caso era mi equipaje, mi problema. Y así me paseé, de departamento en departamento, de AirBnb en AirBnb, llevando yo solita mis cosas, mis valijas gigantes, mis 18 kilos de sobrepeso que parecían ser más pesados en cada mudanza. Entre 3 y 4 viajes me costaba cada mudanza. Y en Berlín 90% de los edificios no tienen ascensor, y siempre nos tocaba el 3° o 4° piso. Y las calles son casi todas de adoquines. Y todavía hacía muchísimo calor.
Hay algo que noté en varios lugares de Europa ya, pero en especial con los escandinavos. Es muy admirable a nivel social cómo tienen interiorizada la cultura de la igualdad de género. Y parece paradisíaco, parece la meca, el ejemplo. Pero se van de mambo. Se pasan para el otro lado, que tampoco está bueno. El hombre percibe tan como par a la mujer, que la descuida. Y no hablo de machismo, ni de feminismo, ni de que me paguen una cena. Hablo de que la idea es “si el otro no es más importante que yo, ni que nadie, por qué me voy a ocupar de ese otro?”. Sobre la igualdad de género reina el individualismo, y yo no estaba preparada para lidiar con eso. Nadie me avisó. Porque esa inquietud la aplican a todo: a lo social, a lo político, a las relaciones familiares, al desarrollo profesional, al sexo. Es muy frustrante coger sistemáticamente con alguien que no sabe pensar en el otro, que no registra que el tema es de a dos, que considera que llegar al orgasmo es tu problema y tu responsabilidad. Esto, también fue llevado a la mudanza. Más allá de lo irritante que puede ser para un hombre de casi cualquier nacionalidad atravesar una ciudad con una novia que lleva más de dos docenas de zapatos en la valija, creo que ese hombre debe superar ese punto, bajarse del caballo de orgullo y testosterona, y ser un poco caballero y ayudar a arrastrar las valijas. Y nótese que no digo “debe llevarle las valijas”.. digo “debe ayudar“. Obvio que no sucedió. Y también con el riesgo de pecar de monotemática, me parece necesario volver a hablar de la hernia de la que hablé y lloré hasta el hartazgo en el post anterior. Porque sabiendo que no teníamos casa en Berlín, y sin tener urgencia ni necesidad en absoluto de someterse a esa cirugía, el Danés se ocupó de programar esa operación, de los 365 días que tiene el año, justo en medio de este período de mudanza eterna. Se ocupó de programar esa operación lo antes posible, por caprichoso, por bebé adulto, por no pensar en el otro, el primer día que se le ocurrió. Sabiendo que parte del post-operatorio era no poder levantar peso durante casi dos meses. Así que, guess what? Entre Londres y la casa final, en ese período de 3 meses, 2 AirBnb, 1 subalquiler y 30 grados a la sombra, no sólo que tuve que seguir arrastrando mis valijas con los 44 zapatos dentro, sino que también sus bártulos. Me estaba mudando sola. No me estaba mudando en pareja, ni en equipo, ni acompañada. Me estaba mudando sola, y a los 18 kilos de sobrepeso se me habían sumado 3 valijas danesas y un bebé adulto individualista que me gritaba escaleras arriba y escaleras abajo porque no le gustaba cómo levantaba los bolsos cada vez que entrábamos o salíamos de un nuevo hogar temporario.

A la tercera vez que me gritó sosteniendo que estaba agarrando mal las valijas, parado desde lo alto de la escalera de un 4to piso, rebajándome con la mirada, con el espíritu escandinavo individualista destruido y transformado en aires de superioridad, mientras yo remolcaba escalera arriba la valija más pesada que teníamos mientras la ropa se me pegaba al cuerpo empapado de sudor y me quedaba sin aire entre sollozos, llegué a mi límite. Terminé de entrar todas las valijas al monoambiente subalquilado que sería nuestro por un mes, cerré la puerta, me tomé un vaso enorme de agua, recuperé la respiración, me tragué las lágrimas y lo senté de un grito, como se le grita a un cachorro que te mea la alfombra por quinta vez consecutiva.
Le dije de todo, pero lo dije muy calma. Porque a un hombre, como al cachorro, el grito y el sopapo en el hocico con un diario enrollado sirven sólo para llamarle la atención. Pero si querés que aprenda, si querés que te escuche, si querés que te quiera y que deje de mearte la alfombra, hay que encararlos por otro lado. Con calma, con amor, con paciencia, pensando en ese otro, y no sólo en una misma. Le señalé entonces, el monstruoso bebé adulto en el que se había convertido desde Londres. Le expliqué lo mucho que me dolía el día a día, en lo triste que estaba con todo, en lo arrepentida que estaba. En lo poco dispuesta que estaba en seguir una historia así, en lo sola y poco querida que me sentía. Le planteé que quizás él lo que necesitaba al lado era una mujer que se sintiera a gusto con ese (mal)trato, pero que también, si encontraba a esa mujer, no iba a ser una relación sana bajo ningún concepto. Le pregunté también, qué pensaba y cómo se sentía él. Porque aparte de individualistas, los daneses son callados y evasivos del conflicto. Le pregunté si había algo en mí que lo hacía sentir como yo me estaba sintiendo, si había algo que yo hacía que le molestara, si cambiaría algo de nuestra relación, si tenía algo para decir. Porque no se trataba sólo de que él me escuchara vomitar mis penas, sino que yo también quería escuchar su versión de las cosas. Porque, le recordé, la pareja es de a dos, es un equipo. Se quedó helado con todo lo que le dije, como si fuera novedad. Porque no sólo evaden el conflicto, sino que se les escapa del radar. Se quedó helado, mudo. Después de procesar toda esa información por unos minutos, me miró a los ojos y me dijo que no. Que no había nada en mí ni de mí que le molestara. Que no se había dado cuenta que las cosas habían tomado este color. Que perdón, que no quería hacerme sentir así, nunca. Que perdón otra vez, que él sólo quería volver a hacerme sonreír. Que perdón, y bla. Soy una creedora y defensora de las segundas oportunidades (y las terceras y las cuartas), así que lo perdoné, y decidimos intentar todo de nuevo, sin gritonear y sin programar cirugías innecesarias en el momento más inoportuno posible. Lo que no le dije, es que a mí Londres me había quebrado el alma, y para sanar eso iba a hacer falta mucho más que pedir perdón. Y lo que yo todavía no sabía, es que no iba a poder volver nunca más de ese quiebre.

Como dije, conseguir casa permanente en Berlín no es tarea fácil. Más allá de la poca voluntad del Danés, esta dificultad es un hecho. Hay poco lugar, mucha gente, precios inflados, y mucho chanta. Yo estaba pisando el borde de la desesperación, y empecé a recurrir a recursos que jamás hubiera imaginado. Por ejemplo, Craigslist. Quizás tenga demasiado cine pochoclero encima, pero la idea que le tengo a Craigslist es que se trata de un nido habitado por estafadores, pedófilos y taxi boys, foro con diseño digital que nunca superó Windows 98, al cual sólo recurre gente que no sabe usar Google. Pero se me acababan las ideas, el alquiler del monoambiente estaba llegando a su fin y el Danés seguía sin cumplir la promesa de conseguir él la casa, así que decidí resolver el problema con mis propias manos, y publiqué un anuncio. Por supuesto que enseguida me cayeron 6 o 7 mails por demás sospechosos, todos con remitentes de identidad árabe o india (no offense), todos pidiendo dinero por adelantado o por alguna razón sonaban un poco perversos y me los imaginaba respondiendo a mi anuncio con una mano en el teclado y la otra adentro de su pantalón. Decidí no responder a ninguno. Al día siguiente me llega un nuevo mail respondiendo a mi anuncio. Por primera vez, escribía una mujer. No que garantice nada, pero me dejaba un poco más tranquila. Aparentemente tenía lo que estábamos buscando, y enseguida concretamos una cita para ir a ver el departamento. Fuimos, nos enamoramos del departamento, del barrio, de la dueña. Al final parecía todo demasiado fácil, demasiado bueno para ser real. Preguntamos cuánto pedía por mes, y nos dijo que en realidad ella esperaba que nosotros hiciéramos una oferta. En casa de herrero cuchillo de palo, y con un padre martillero, yo una hija que no tiene idea de cómo hacer una oferta por una casa. Igual podíamos tomarnos unos días, porque según ella no le había mostrado la casa a nadie más, y habíamos pegado tanta onda que quería que nosotros fuéramos sus nuevos inquilinos. Nos dijo también que quería que conociéramos a su marido, así que sin poner el alquiler como condicionante, nos invitó a cenar esa noche a su (otro) departamento. Compré una botella de vino argentino y ahí fuimos. Un departamento aún más espectacular que el que nosotros le queríamos alquilar, buena comida, buen vino, y si bien sentimos toda la noche que nos querían coger, la pasamos bien. Habíamos pasado el postre ya y habían abierto la segunda botella de champagne, cuando ella saca de su bolsillo un juego de llaves y nos dice que quieren que pasemos una noche de prueba en el departamento por el cual teníamos que ofertar. Porque era importante, decía, que si lo íbamos a alquilar estuviésemos bien seguros de que nos resultara cómodo, y como está pegado al aeropuerto de Tegel, era importante también corroborar cuánto nos molestarían los aviones que van y vienen por encima del jardín. Yo se los dije, todo sonaba demasiado bueno para ser real. Y como todo había nacido en la nefasta lista de Craig, si bien aceptamos la llave y la noche de prueba, yo no podía evitar sentir una enorme burbuja de sospecha en el pecho. Porque si te pasa esto en Argentina, amanecés violado o matado o en una bañadera llena de hielo sin un riñón. O no? Quizás sí tengo el cerebro pinchado de tanto cine pochoclero. Pero mi imaginación no podía parar de desconfiar. Pasamos entonces la noche ahí, no amanecimos ni violados ni matados, teníamos ambos riñones y nunca escuchamos ni un solo avión. Y sí, a veces hay que confiar. Y a veces las cosas se dan, y a veces son demasiado buenas, pero también son reales. Recorrimos un poco el barrio, y como mi imaginación es grande y promiscua para lo malo pero también para lo bueno, yo ya no podía imaginarme viviendo en otro lugar. Esa era mi casa ahora y no me importaba cuánto deberíamos pelear la oferta; yo iba a vivir ahí cueste lo que cueste.

Hicimos la oferta, nos dijeron que no, la peleamos un poquito, y conseguimos la casa. Estábamos listos para mudarnos. POR SUPUESTO que el Danés seguía sin poder levantar peso, pero ni apoyo moral durante la mudanza iba a darme: programó -POR SUPUESTO innecesariamente- un viaje a Londres justo para el fin de semana que debíamos mudarnos del monoambiente del terror a la casa de mis sueños. Yo estaba tan contenta con la casa nueva que ni energía en explicarle y reprocharle el viaje estaba dispuesta a gastar. Y a esa altura no había hecho amigos ni tenía a quién recurrir para que alguien me diera una mano, pero soy una mujer independiente, autosuficiente y por sobre todas las cosas muy testaruda, así que no tenía de qué preocuparme. Yo podía sola. Siempre puedo. Ya había planeado cómo me pasaría el domingo entero mudando(nos): compraría un pasaje de transporte público válido para el día entero, y armada de paciencia haría lo que había calculado en alrededor de 20mil viajes en subte ida y vuelta de una punta a la otra de la ciudad, y lograría mudar valija por valija, bolso por bolso.
En medio de un intercambio de mensajes con la dueña para organizar la entrega de la casa, firma del contrato y demás, le comento mi plan de mudanza y enseguida me dijo que estaba loca, que cómo no le había pedido ayuda a ella. Porque soy mujer independiente, autosuficiente, y muy testaruda, le explico. Me dijo que de ninguna manera, que ella era igual de independiente, autosuficiente y testaruda, que efectivamente no necesitábamos a ningún hombre para lograrlo, pero que ella iba a darme una mano. Pasaría a buscarme en su auto y lo llenaríamos hasta el tope de bártulos, lo que reduciría los 20mil viajes a al menos dos. Aunque todavía tenía que bajar todo del 4to piso a la calle, porque me parecía demasiado pedirle que me ayude con esa parte. Bajo todo, los mil bolsos, por los mil escalones, y me sorprendo con el hecho de que a mí no me haya salido una hernia después de todas estas idas y venidas, y agradezco a la genética y las piernas fibrosas que me ha dado mi madre, la voluntad de hierro, y haber aprendido a una temprana edad a levantar las cosas con las piernas y no con la espalda. Me siento triunfante. Al final, nada es al pedo.
Me siento a esperar en el cordón de la vereda rodeada de mi mar de valijas. De repente veo en contramano un mercedes descapotable que se acerca a mí a toda velocidad. Temo que sea ella y tardo segundos en corroborarlo. Me saluda despreocupadamente agitando los brazos y me dice que espere un segundo que va a dar la vuelta para poner el auto en la dirección correcta de la calle. Maniobra agitadamente y en el proceso de hacer pequeños movimientos hacia adelante y hacia atrás choca varios autos que estaban estacionados. Me pregunto cómo puede haber alguien que maneje peor que yo, y me cuestiono si al final no era mejor idea tomarme 20mil veces el subte. Estoy resignada, y cansada, y para ser honesta anhelo un poco la sensación de peligro y aventura, así que decido savanzar con el plan. Sorprendentemente logramos meter todo dentro del auto. Cuando era chica me pasaba horas jugando al tetris, y siento que ese entrenamiento finalmente ha dado sus frutos. Acelera en lo que parece ser la dirección del sol y mientras el viento me acaricia la cara siento que somos una versión medio bizarra de Thelma y Louise, y de repente quiero que ese aventón se transforme en un road trip. No se transforma en nada y llegamos a destino, a mi casa. Me asiste bajando y acomodando todo dentro de la casa, y me repite una y otra vez lo impresionada que está con el peso que soy capaz de levantar (sin que me salga una hernia). Trato de explicarle que si bien no tengo un cuerpo muy atlético, tengo un muy buen estado físico. Calculo que se debe, again, un poco a la genética, un poco a no fumar, pero estoy convencida que todo siempre está dominado por la cabeza, y si bien soy testaruda, soy una persona decidida y que cree saber lo que quiere, y eso siempre termina siendo la clave del éxito. El danés llegaría esa misma noche de Londres, y al día siguiente nos reuniríamos los 3 a firmar el contrato. Me quedo entonces por el día sola en mi nueva casa, y no lo puedo creer. No hay forma de borrarme la sonrisa, estoy tan contenta con todo, tan agradecida, por fin se había terminado esa primera etapa negra del mudarme, por fin, sentía que había llegado a Berlín.
Paso el resto del domingo ordenando un poco, aunque la forma final al departamento se la daríamos entre los dos, quería darle una linda bienvenida al Danés. Compro un chop de la cerveza que le gusta, me pongo linda y me siento a esperarlo. Era tal la felicidad que tenía con esa casa que no podía hacer otra cosa que sentarme a esperarlo y empezar a disfrutar de la casa juntos. Cuando finalmente suena el timbre salto disparada del sofá, enormemente entusiasmada le abro la puerta, lo recibo aún sonriendo de oreja a oreja, los brazos bien abiertos y un extasiado “Welcome HOME!!”. Me abraza, recorre rápidamente el departamento y lo primero y único que me responde es “Pero baby, dónde voy a poner mi computadora?”. No es que tenga un extraño sentido del humor o algo, lo dijo serio y en serio, y yo sentí que la sonrisa se me quebraba como un espejo. Te merecés perpetua de mala suerte, pensé. Por forro insensible. Real, después de TODO lo que hice y por TODO lo que pasé para llegar a esta casa y a este momento, realmente es lo único que tenés para decirme? Tan ensimismado estás en tu existencia idiota e individualista, que ni un “gracias” me vas a dar? Metete la casa y tu computadora en el orto. Qué dolor me genera la gente desagradecida. Me puse tan triste que casi lloro, pero era más el enojo y la decepción, y decido meterme a la cama vestida y enojada, esperando quedarme dormida lo más rápido posible para olvidar todo esto. Viene y me acaricia la espalda, me cucharea un poco y me pregunta cuál es el problema. Vos, pienso. Le digo, que cómo puede ser que no se de cuenta nunca de nada, y que la casa es nuestra y podemos hacer y deshacer cuanto querramos, y que si no le gusta la disposición de los muebles para instalar su computadora podemos cambiarlo, pero que igual ese es el menor de nuestros problemas. Me doy vuelta, lo miro y la expresión en su cara cuando me mira mientras le explico todo esto es como si de mi boca estuvieran saliendo problemas de física cuántica; me doy cuenta que nunca va a entender lo que le estoy diciendo y me empiezan a brotar las lágrimas. No puedo entender cómo todo se fue tan al carajo, era nuestra primera noche en nuestra casa que tanto nos costó conseguir, y se suponía que deberíamos estar festejando, disfrutando, bautizando la casa sexualmente ambiente por ambiente. Y ahí estamos, tirados en la misma cama pero cada uno en un planeta diferente, estamos tan lejos que no reconozco en qué dimensión alguna vez pudimos coincidir y decidir embarcarnos juntos en este viaje. Sigue sin entenderme pero intenta consolarme, me abraza y me quedo dormida de tanto llorar.
Esa noche vuelvo a soñar con Martín. Sueño que vuelvo de visita a Buenos Aires y me lo encuentro en una fiesta. Empezamos a charlar y durante toda la charla él está comiendo un pedazo de pizza (si hay un psicólogo en la sala que me explique por qué siempre lo sueño comiendo). Charlando, nos damos cuenta que nos seguimos amando y que queremos estar juntos y en medio de la fiesta, la charla y la pizza, nos ponemos nuevamente de novios. No nos besamos pero lo abrazo muy fuerte, cierro los ojos y pienso que le tengo que avisar al Danés de esto y que mañana no puedo ir a firmar el contrato del departamente en Berlín. Lo abrazo y él come pizza hasta que me despierto. Me despierto en Berlín, en mi nueva casa, y esa misma mañana firmamos, la dueña, el Danés y yo, el contrato. Mientras veo mi firma en tinta indeleble en las 3 copias de un contrato por 6 meses, me doy cuenta que tengo una pesada sensación de traición, como si al firmarlo hubiese engañado a Martín. Me falta un poco el aire, quiero tomarme el primer avión a Buenos Aires. Sentí que estaba haciendo lo que tenía que hacer, pero también sentí que me estaba traicionando a mí misma. Y como con todos mis problemas, lo primero que se me ocurre es huir. Decido por primera vez en mi vida tener una actitud adulta y hacerme cargo de lo que sentía como un error. Decido quedarme.

Entre el monoambiente del terror y la casa de mi sueños, entre el final y el comienzo de cada alquiler, se superponían unos días. Así que cuando llevábamos 3 o 4 días en la nueva casa, todavía teníamos las llaves y el derecho de permanencia sobre el monoambiente. Si bien creía haber sacado todas nuestras cosas de ahí, me parece prudente volver y revisar todo una vez más. Cuando llego al monoambiente me doy cuenta que esa prudencia era sólo una excusa para estar sola, y mientras el Danés estaba reacomodando muebles para ver dónde instalaba su computadora, yo me atrincheré en el monoambiente que alguna vez fue del terror y ahora parecía mi safe space de confort y tranquilidad. Me preparé unos fideos con una salsa espectacular y tuve una cita conmigo misma. Me quedé un rato larguísimo ahí, comiendo y escuchando música y no tardé en darme cuenta que no quería volver a mi propia casa. Qué triste todo, qué decepción me estaba dando a mí misma por haberme metido en esa. Me había metido en esa yo solita, sin necesidad alguna, y no sabía cómo salir. Eventualmente se me terminaron los fideos y volví a casa.
Al día siguiente, el Danés me dice que quiere ir él a re-revisar si no nos habíamos olvidado nada y me exaspera que no confíe en que yo ya había lo chequeado pero me chupa un huevo y si se va significa que voy a tener tiempo a solas en la nueva casa y eso me parece una idea brillante, así que lo dejo ir sin mucha resistencia. Al rato me llega por Whatsapp un mensaje de él. Es una foto de un zapato. Un zapato mío. Pienso “concha, al final sí me había olvidado algo, y no lo ví, y voy a tener que darle la razón. Qué paja darle la razón en este momento!”. De villano a héroe. Me río entre dientes y le pregunto dónde lo encontró. Me responde con otra foto, de otro zapato, otro zapato mío. Me muero de bronca y me como la cabeza pensando dónde me había olvidado no uno, sino dos pares de zapatos que no vi cuando fui a revisar el departamento. Le vuelvo a preguntar dónde estaban, a lo cual me vuelve a contestar con una foto, y otra, y otra y otra. Me había olvidado en total 7 pares de zapatos. Y no es que no me importaran, porque todos mis zapatos son como hijos para mí (voy a ser tan mala madre..), pero con el quilombo que tenía en la cabeza, entre el contrato, la computadora del Danés y Martín que no paraba de comer pizza, no había registrado que me faltaban 7 pares de hijos. Me rompo la cabeza haciendo memoria y recuerdo que como no había podido rearmar las valijas de manera muy prolija, había tenido que meter esos zapatos en una bolsa de consorcio, la cual había metido adentro de un armario y olvidado completamente. Me alegra saber que no perdí esos zapatos, pero me muero de bronca que los haya encontrado él y no yo. Hasta cierto punto hubiese preferido habérmelos olvidado para siempre y perderlos. Me siento muy tarada y me acuerdo de una charla que había tenido con mi mamá un par de días antes. Me había llamado para contarme que se había encontrado con la ex directora de mi colegio, y que ésta le había preguntado por mí. Le contó, de Berlín, de mis fotos, mis exposiciones, de mi vida en general. La cara de la ex directora se transformó cuando escuchó que yo estaba llevando una carrera y vida de artista, casi que hasta se ofendió, como si con esa información su historial como directora se hubiese manchado. Le dijo a mi mamá que cómo podía ser, que con el promedio 9,89 que supe más o menos mantener durante toda la secundaria, y ser abanderada, y la buena conducta y tal, ella siempre me había imaginado trabajando para la NASA. Que se alegraba que yo estuviese bien y contenta, pero que realmente qué pena, qué desperdicio de cerebro. Es cierto que siempre fui excelente alumna, de hecho mi profesor de física tuvo una reacción parecida cuando en 5to año me preguntó qué iba a estudiar y le dije que me encantaría estudiar cine. Pero me costaría creer, que después de todo lo que cuento en este blog (que no es nada más ni nada menos que mi realidad) la NASA me daría trabajo, ni para limpiar los baños.
El Danés se relamía de gusto con su hallazgo de los zapatos, y me vuelve a sonar el teléfono. Otra foto. Si es un octavo par de zapatos, me pego un tiro en la sien, pensé. Por suerte, no lo era. Era la foto de un vibrador. Un vibrador rosa, con forma de enano de jardín. Un enano muy sonriente. Me quedo helada, no entiendo si es una joda, un error o una foto sacada de internet. Miro bien y reconozco que la mano que sostiene el vibrador es la mano del Danés. WTF, pienso. Me da miedo preguntar. Antes que yo pueda decir nada me pregunta si eso también es mío. Me da mucho asco pero mucha gracia, y le digo que no (acaso parezco el tipo de chica que usaría un vibrador rosa con forma de enano de jardín?!), y que se lave las manos con fuego. Y me siento nuevamente triunfante, porque si bien la NASA no me daría un trabajo a mí, me da cierta satisfacción saber que no le darían trabajo al Danés, tampoco.

Si bien al departamento nos lo entregaron bastante equipado, aún faltaban las cosas que el Danés tenía en aquel depósito, de aquella vez que había vivido en Berlín. Me pregunto cómo serán esas cosas, qué tipo de gusto tiene cuando de equipar una casa se trata, y enseguida se me viene a la cabeza una muestra que vimos en el MoMA, donde había un juego de mesa y sillas completamente cubiertas de plumas rojas y tetas colgantes, y mi hermana dijo que así se imaginaba mi casa compartida con el Danés en Berlín. No voy a mentir, me moría de ganas de amueblar mi casa con muebles de plumas y tetas. Pero el Danés me describe sus pertenencias como cosas bastante promedio y bastante aburridas, sin plumas y sin tetas. Sí me entusiasma cuando me cuenta que tiene unos osos polares de cerámica muy kitsch, y eso sí que me muero de ganas de poner en medio de mi living. Enseguida nota el entusiasmo en mi cara y me dice que me ponga contenta porque las cosas del depósito iban a llegar al departamento en pocos días, que ya había coordinado un camión para que hiciera la entrega. Le pregunto exactamente cuándo llegaría, y cuando me dice la fecha me doy cuenta que coincidía con un viaje de él a Suiza. Lo miro con los ojos hinchados de rabia, y más rabia porque sigue sin darse cuenta de cosas que para mí son parte del sentido común. Le pido que deje de dejarme sola, no en el sentido de irse de viaje y yo quedarme sola en la casa, sino que deje de dejarme sola en situaciones como esa. Aparte de que ni se le ocurría consultarme o avisarme, pero que me parecía correcto estar los dos presentes cuando llegara ese camión, por numerosas razones, que no voy a enumerar porque me parecen obviedades. Finalmente logro que entre en razón, y logro que cambie la fecha de entrega de las cosas. Luego se da que yo me inscribí en clases de alemán, y el horario de cursada entraba justo en el rango de horario de entrega del camión. Le explico que cada clase es muy importante y que no quiero faltar, sobre todo porque existía la posibilidad de que el camión llegara o antes o después de mis clases. Dice que me entiende, pero que QUÉ PENA sería que llegara justo cuando yo no estoy, porque estaría bueno contar con dos pares de manos para bajar y acomodar todo. No puedo creer lo que estoy escuchando, pienso “y no creés que hubiese estado bueno contar con tu ayuda cuando nos mudamos de departamento a departamento seis veces, no crees que hubiese estado bueno que no te operaras de tu hernia en el momento más inoportuno, no creés que hubiese estado bueno como novio darme un poco de contención entre tanto cambio en vez de dejarme sistemáticamente sola, no creés que hubiese estado bueno un montón de cosas, que vos no permitiste que sucedan?!”. Pienso eso, pero quiero evitar el conflicto y me limito a decirle con un poco de ironía “sí, estaría bueno“. Esta charla se dio en pleno estreno de la segunda temporada de Stranger Things, y no puedo dejar de envidiarle los poderes a Eleven y me imagino tirándole una sartén por la cabeza, sólo con el poder de mi mente. Para mi alegría, el camión llega en un momento que yo no estoy en la casa. El efecto Eleven funciona después de todo. Mientras se queja de lo difícil que fue hacer todo solo, pero sin reconocer que a mí me había puesto en una posición peor las semanas anteriores, me dice que no encuentra los osos polares de cerámica, y eso me genera una tristeza enorme. Me pongo igual a chusmear todo lo que había desembalado, y descubro que tiene un pésimo gusto en artículos de decoración. Entre ellos, un cuadro horrible pero que enseguida pasó a ser mi favorito, que tenía una inscripción que decía en mayúscula, como si me lo estuviese gritando: “IF YOU DON’T LIKE YOUR LIFE, YOU CAN CHANGE IT!” (“SI NO TE GUSTA TU VIDA, PODÉS CAMBIARLA!”). Es horrible, pero decido colgarlo en la entrada de la casa, para que me lo recuerde a los gritos todos los días.

EL DÍA QUE ME DESENAMORÉ DE LONDRES

Qué es peor que vivir con un hombre?
Vivir con cuatro.
Qué es peor que vivir con cuatro hombres?
Vivir con un hombre en recuperación post quirúrgica.
Lo primero que notamos con mi hermana cuando la foto del Danés aparece por primera vez en mi búsqueda de Tinder, antes del mapamundi tatuado en su pecho, antes del barco y del sombrero de marinero, es su ombligo gigante, gordo, redondo y para afuera. Luego de las primeras dos o tres citas tomo coraje y le pregunto qué onda con ese pupo tan extraño. Me dice que siempre lo tuvo así, y que de hecho la hermana lo tiene igual. Meses después, para la sorpresa de él pero no la mía, tras unos estudios resulta que no era algo normal, que la hermana no tenía el mismo ombligo radioactivo, y que éste era en realidad una hernia. Los médicos le explican que no es algo de vida o muerte, que es algo que suelen tener los bebés y niños, pero no los adultos, y que es su decisión sacársela o no. Típico caso de bebé-adulto. Decide sacársela, y por tener el domicilio en Londres lo más conveniente, seguro y barato (gratis) es operarse allí.
Decido por supuesto acompañarlo. Porque me parece lo correcto, pero también porque seguimos sin casa permanente en Berlín, y en Londres un amigo de él nos hospeda gratis. Y es la excusa perfecta para volver a mi amada Londres, visitar a Renzo, mi amigo del alma que conocí en otra vida mientras estudiaba Comunicación Social en la UBA, que ahora vive en Londres con su envidiable pasaporte Italiano. No era un plan complicado. Volaríamos un par de días antes de la operación, lo operarían y nos quedaríamos unos pocos días post operación por precaución. Una semana en Londres. Una semana que se convirtió en un mes, y en una pesadilla del tipo película gore.
Desde el momento en que pisamos el aeropuerto me di cuenta que algo no iba a estar del todo bien. Subestimé ese presentimiento. Minutos antes de subirnos al avión nos peleamos por una tontera que se transforma en algo serio e insufrible con la velocidad de una bola de nieve, camino a ser avalancha. En ese momento me dieron ganas de no subirme a ningún avión, de meterle la hernia en el orto, de mandar todo a la mierda, la operación, el viaje, la visa, la relación y la concha de la lora. Llegamos a Londres de madrugada, enojados, callados, odiándonos un poco. Arrastrando las valijas por las calles de Camden, con la espalda torcida con mi mochila de mil kilos y los labios apretados para no putear.
La Casa de Camden: a caballo regalado no se le miran los dientes.
Cuando eramos chicas, a mi hermana y a mí nos mandaban a clases de equitación durante el verano. Es algo muy común en las sierras de Córdoba, casi como andar en bicicleta. De hecho aprendí a andar a caballo diez años antes de aprender a andar en bici. A mí me encantaban esas clases. Pese al calor de diciembre a marzo, amaba subirme a ese animal enorme, majestuoso, calmo, peludo y suavecito. Años más tarde leí sobre la equinoterapia y entendí totalmente por qué funciona tanto. No sólo nos sentábamos en la montura a dar vueltas por ahí; aprendíamos a generar un vínculo con el caballo, basado en la confianza absoluta. Nos parábamos arriba del caballo, caminábamos por debajo de él, le acariciábamos la panza, los abrazábamos. Y todos los años a modo de graduación o lo que sea, hacíamos una cabalgata más larga de lo normal, nos adentrábamos en alguna montaña y acampábamos por una o dos noches en algún llano cerca de un río. No puedo explicar lo que yo odiaba esos campamentos. Los campamentos en general. Los odio. Odio todos los campamentos del mundo y odio que te obliguen a acampar. En el colegio nos lo imponían, sin caballo y si no ibas perdías la cursada de Educación Física. Situaciones absurdas de la educación que recibí en mi infancia. Pero ese es otro capítulo.
Me acuerdo de un campamento con los caballos, no me acuerdo cuántos niños íbamos por campamento, pero sí me acuerdo que, como de costumbre, mi hermana y yo eramos las diferentes del grupo. Nos adaptábamos como camaleones, pero era evidente que eramos camaleones de otro pozo. Todos los otros chicos, la gaucho-profe y su gaucho-asistente, llevaban el tema del campamento con una naturalidad, una felicidad y una comodidad con las carpas, la tierra y las bolsas de dormir que les corría por las venas. Y los que no eran muy gauchos se hacían los gauchos y pasaban desapercibidos. Una sola vez mis papás nos regalaron una carpa, la armamos una vez en el jardín de casa, dormimos ahí una noche que diluvió y nos empapamos, y nunca más supimos cómo volver a armarla, ni desarmarla, ni meterla en la bolsita donde se guarda, ni realmente disfrutarla. Esas eramos nosotras. El resto de los chicos tenían su kit de carpa, bolsa de dormir, ropa especial para acampar, polainas de cuero para no pincharse con los espinillos, rompevientos, set de plato, cubiertos y vasito de metal que nunca envidié ni envidiaré, pero todos los llevaban a los campamentos con un orgullo gigante, como si fuesen estampitas de colección. Yo iba con zapatillas con luces en la suela y con mi tacita de plástico de La Bella y La Bestia, y contaba las horas como los presos para ver cuánto faltaba para volver a la comodidad de mi casa. A la mañana nos servían mate cocido con bizcochitos, cosa que jamás se desayunaba en mi casa, y reconozco que me costaba salir del yogurt con froot loops, pero me la bancaba como una reina. Me sirven el mate cocido calentado a leña en mi tacita de Disney, agradezco, y cuando bajo la mirada veo que en mi mate cocido flotaban catorce barquitos de tierra y mugre y partículas no identificadas, propias de ese nosequé que tienen los campamentos. Se me ocurre hacer un comentario al respecto, por el cual me gano tremendo reto de la gaucho-profe y miradas burlonas de mis gaucho-compañeritos. Porque “si quería irme de campamento tenía que aprender a bancarme tomar mate cocido de un vaso sucio”. En primer lugar, yo no quería irme de campamento. Y en segundo lugar, me parecía innecesario el tema de la suciedad. Porque ni siquiera era mi vaso el que estaba sucio, era la olla de comedor donde hacían ese mate cocido inmundo, que saturaban de azúcar, lo que atraía a bichos, y lo hacían bajo un árbol que perdía hojas y ramitas, y ni siquiera quiero saber de dónde salía la tierra. Pero no dije nada, porque aún sintiendo que ellos no tenían razón, más me molestaba que me tildaran de histérica, de malcriada, de insoportable o hinchapelotas. Así que me tomé de un solo trago el mate cocido con los catorce barquitos que flotaban en él, dejando en claro que yo sí me la banco, y me las banco todas si es necesario, pero prefiero dormir en una cama, y mi desayuno sin tierra. Siempre odié los campamentos, pero tengo que reconocer que me curtieron.
Qué regalo más grande que tener alojamiento gratis en Londres? Yo no pretendía el guest room del Palacio de Buckingham, pero nunca pensé que mi estadía en la ciudad que me había enamorado y que le había dado empuje a esta nueva vida y a este blog, me iba a arrastrar hacia una regresión de sufrimiento nivel campamento. La casa de Camden es de un amigo del Danés. Este amigo, del cual no voy a dar nombre ni apellido por razones legales, morales, policiales, por honor y por el cariño que le tomé pese a este post, es un escocés grandote, medio gordo, se ríe cada vez que termina una frase, le falta medio diente frontal, tiene un flequillito recto y grasiento, usa en todo momento ropa deportiva del tipo jogging de Adidas, y es dealer de drogas clase A (para más referencias visuales ver la peli ‘Young Offenders’, que aparte de figurativa es desopilante). Eso sí, por sobre todas las cosas, es un amor de persona, un Scotish badass con corazón de león. La casa de Camden es chiquita, pero linda. Una planta baja con mini cocina, mini comedor y mini living, un primer piso con un dormitorio y un mini baño, un jardín muy verde, y detrás del jardín una dependencia tipo quincho, donde vive el hermano mayor del dueño de casa; el hermano mayor drogadicto en recuperación, a quien la droga lo dejó jugando con pocos jugadores y con una papa en la boca sumado a un fuertísimo acento escocés, pero un sol de persona también. El problema de esta casa es el estado en el que está, porque la dejaron a cargo de cuatro adolescentes. Cuatro adolescentes más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero cuatro adolescentes huevones al fin: Adolescente nro. 1 “El Dealer”, Adolescente nro. 2 “El Hermano”, Adolescente nro. 3 “El Danés”, Adolescente nro. 4 “El Mejor Amigo”. Se conocen todos de haber vivido en un wearhouse en Londres hace unos años, y de alguna forma nunca superaron esa etapa de adolescencia trash colectiva.
Apenas entrando a la casa, el ancho del mini pasillo que lleva a la cocina/mini comedor se reduce a la mitad porque hay una pila de zapatos viejos que casi tocan el techo. En la mesa del mini comedor hay una caja de herramientas llena de ropa y diarios de izquierda. La cocina en su totalidad tiene una capa gruesa de mugre, de esa que te da miedo apoyar la cartera o un vaso en la mesada por miedo a que una colonia de gérmenes marcianos lo secuestre. Hay todo tipo de manchas en la mesada, las paredes, las hornallas. Todo se ve pegajoso, asqueroso, y que está ahí pegado hace mucho tiempo. En una de las hornallas hay una sartén con medio litro de aceite viejo, y en la bacha hay una PILA tipo jenga de más sartenes aceitosas, platos, cubiertos y utensilios como de parrilla oxidados, vasos con marcas blancas de agua, cachos de comida mojada. Abro los compartimentos de la alacena para ver qué comen estos salvajes y hay latas de mariscos ahumados y frascos de caviar. En la heladera hay catorce tuppers con comida vieja. En el freezer, helado de chocolate y un frasco de hongos alucinógenos. Todo me desconcierta y me da arcadas y apenas dejo mi equipaje, y sin que nadie me lo pida, agarro la esponja maloliente y medio podrida que yace al lado de la canilla, la embebo en cif y luego en detergente, tomo coraje, tomo aire y me aguanto la respiración hasta que logro dejar la cocina decente. Nadie pretendía que la primera mujer en pisar ese departamento hiciera eso, no fue una cuestión de sexismo, fue una cuestión de salud mental. Soy la anti ama de casa, no me son comunes esos ataques de limpieza (la Monica Geller de la familia es mi hermana), pero era necesario, si quería sobrevivir a mi estadía en este regalado caballo de Troya de mugre. Saludable para todos, digo. No sólo para mí, pero para los muchachos también. Como dije, son adolescentes. Cada vez que terminaban de comer, los platos quedaban donde se habían usado: sobre la mesa del mini comedor, sobre el sillón del mini living, en el piso, en la mesada, pegados de mugre a cualquier superficie que hubieran tenido al alcance en ese momento. Y si se caía un envoltorio de golosinas al piso, o incluso un bocado de fideos con crema, ahí quedaban también, para que lo chupetearan las cucarachas. Y ahí iba yo, limpiandoles el culo a los cuatro adolescentes, lavando platos y fregando superficies llenas de aceite y manteca, despegando cubiertos de las sartenes y levantando tetrabricks de leche y corchos de grappa del piso. Spoiler: después de tres semanas de rituales de constante limpieza, luego de una cena en que Adolescente nro. 4 cocinara un curry que me dejó boquiabierta de grata sorpresa, veo cómo dos de estos cavernícolas adolescentes levantan por motus propio sus propios platos Y LOS ENJUAGAN CON DETERGENTE. Me mojé toda cuando vi eso. Por supuesto lavan como el culo y tuve que ir atrás a relavar todos los platos, pero me emocionó la escena. Me sentí realizada. Me sentí como esas niñeras de los reality shows donde una “supernanny” va a rescatar una familia gobernada por niños rebeldes. Ahí estaba yo, una Mary Poppins que ya cuando estaba a punto de perder fe en su profesión ahora parecía estar a punto de graduarse con honores. Estoy segura de que ahora que me fui todo volvió a la sucia normalidad, pero en ese momento sentí que nacía una nueva luz de esperanza en la humanidad.
El dormitorio estaba en un estado sospechosamente decente. Adolescente nro. 4 había dormido ahí durante unas semanas antes de nosotros, y ante la incapacidad mental de lavar nada antes de nuestra llegada, en vez de lavar las sábanas viejas, compró nuevas. Así que no había de qué quejarse.
Ahora, el lugar más temido: the baño. Lo primero que noto del baño es que no debo entrar ahí sin un calzado impermeable. Está todo mojado, con una capa de agua marrón y pelos (negros, cortos y enrulados). La mugre trepa por las paredes pero asombrosamente el piso de la ducha parece estar limpio, lo que significa que voy a poder bañarme descalza. La bacha está pintada con salpicaduras de dentífrico endurecido al mejor estilo Pollock. No puedo ni explicar la paleta de colores de manchas en el inodoro (se acuerdan de Trainspotting??), y la tabla está quebrada al medio. Si alguien llegara a sentarse ahí inevitablemente terminaría sentado haciendo contacto directo con la cerámica del inodoro y todas las cosas vivas que deben de estar viviendo ahí dentro. Qué fácil debe ser hombre y mear de parado! Me paso el mes entero haciendo pis y demases haciendo equilibrio para no tocar esa tabla. Saben lo difícil que es eso?! Me alegro de haberme matado en el gimnasio todos estos meses y haber hecho tantas sentadillas. Mis cuádriceps sufren y crecen cada vez que uso ese baño, y cada vez que lo hago me planteo que éste quizás sea el lugar en peor condiciones sanitarias sobre la tierra para hacer una recuperación post quirúrgica. Lo fácil también de ser hombre creo que es la posibilidad de apuntar el chorro de pis. Con la salvación de cuando recién se levantan o luego de tener relaciones que dicen que el chorro tiene vida propia y va para cualquier lado. Pero por lo general tienen cierto control, no? Para las mujeres, la gracia de sentarse, es también garantizar de que el chorro va a ir a parar adentro. A veces, a nosotras también nos pasa de que tenga vida propia y no vaya tan en línea recta (quién no se mojó los pies alguna vez tras decidir hacer pis en cuclillas en la vía pública?). Cuestión que la primera vez que uso ese baño, entre el asco, la sorpresa, el enojo, la falta de equilibrio y el no saber de dónde agarrarme, el chorrito de pis sale con un desvío de 45 grados y me meo completamente la pierna derecha. Veo cómo el chorrito dorado choca contra mi piel, y corre como un río a lo largo de ella, para terminar la mitad en la calza, la mitad adentro de la bota de cuero. Respiro hondo, me seco la entrepierna, la pierna, la calza, la bota, y me doy cuenta de que no tengo dónde tirar la bola gigante de papel higiénico mojado. Qué manía la de los hombres de no tener tachito en el baño! Grgrgr. Como hombre, si tenés alguna mujer en tu vida, al menos UNA, debería darte vergüenza no tener tachito en el baño. Y si no tenés una novia, o una amiga o una hermana, o si ni siquiera tu mamá va a visitarte, pero si alguna vez en tu vida querés ponerla, tené un tachito en el baño. Acordate, si querés coger, poné un tachito en el baño. Confiá en lo que te digo. Pero en este baño no hay ninguno, y tengo miedo que si tiro el papel en el inodoro se vaya a tapar y el agua empiece a rebalsar por todos lados. Quiero romper todo y mandar todo a la mierda, de meterle la hernia en el orto, la operación, el viaje, la visa, la relación y la concha de la lora. Y qué bella parece ahora la idea de irme de campamento y beber de un vasito lleno de tierra.
Mi paciencia parece no tener límite y decido quedarme y no romper nada ni mandar nada al carajo, pese a todo y a que éste era sólo el comienzo. Pero me doy ánimo y me digo a mí misma que, por una semana, puedo mear de parada y aguantarme todo lo demás.
Llega el día de la operación, dejo al Danés en el hospital y voy a buscarlo un par de horas después. Me recibe una enfermera que se calentó con él y me reta a gritos en frente de otros pacientes por “llegar tarde”, lo cual parece darle cierta satisfacción y cierta sensación de poder, mientras lo mira al Danés de reojo buscando algún tipo de aprobación o que le devuelva el coqueteo. El Danés está tan drogado después de la anestesia total que no sólo no puede devolverle el coqueteo, no puede caminar en línea recta ni hablar claramente. Me pregunto por qué me lo devuelven en estas condiciones y no se lo quedan un par d horas más. Es como si me estuvieran vendiendo un muffin al que le falta media hora de horno. Arrastro su pesado cuerpo de vikingo a través de la red de subtes de Londres, mientras se ríe de absolutamente todo y lo único que quiere es parar cada metro y medio de caminata y abrazarme. Es como tratar de hacer llegar a su casa a un bebé borracho y gigante. Llegamos. Lo meto en la cama y ruego que se quede dormido porque no tengo experiencia como niñera. Sigue en modo bebé y se rehúsa a dormir. Quiere comer helado que por suerte tengo preparado como si fuese una mamadera, y quiere mantenerse despierto el mayor tiempo posible, para sentir los efectos de los residuos de morfina que le quedan corriendo por las venas. Todo me parece ridículo y como una madre agotada le dejo hacer lo que quiera y me dispongo a dormir una siesta yo.
El día que llegamos, Adolescente nro. 1 me da como regalo personal de bienvenida un puñado del mejor porro que probé en toda mi vida. Viendo todo con un poco de perspectiva, creo que me hizo ese regalo a modo de disculpas. Por la mugre, por la pila de platos sucios, por la tabla del inodoro, por lo insoportable que se volvería su amigo, y por todo lo que vendría.
La intervención de una hernia de ombligo es casi una intervención rutinaria, pero el Danés lloriquea como si le hubiesen abierto el cráneo con un tenedor oxidado. Los primeros días post operación consisten en cambios de vendajes, administración de pastillas, y mi paciencia puesta a prueba con este bebé adulto. Un bebé adulto constantemente malhumorado que se siente vulnerable, que se rehúsa a bañarse por dos semanas por miedo a mojar el vendaje, que sólo quiere comer azúcar, y a quien el médico le prohibió cualquier tipo de actividad sexual durante 2 meses, recomendación que lleva al extremo y nuestros cuerpos no se tocan ni para hacer cucharita al dormir, por miedo a romper a este bebé adulto de cristal. Lo más difícil de lidiar era, en realidad, que -como todo hombre- nunca admitió lo movilizado y chinchudo que todo este tema lo tenía. Porque los hombres tienen eso, no? De actuar como si se estuvieran muriendo cuando les sube a 37 y medio la fiebre. Eso ya es insoportable, pero lo más insoportable es que no admitan que se ponen así.
Pienso en mi papá que con su piernita llena de polio nunca se queja de nada. Le rezo a San Edipo. Con el Danés ya no había por dónde conectar. No solo habíamos perdido toda situación de ternura o intimidad como pareja; no podíamos hablar de nada, porque todo se volvía en una tragedia, en algo dramático, en algo que el mundo estaba complotado para hacerlo sentir mal a él. Era como tratar de hacer razonar a un bebé cansado. Victimización al mil, no podía entrar en razón con nada, bebé adulto de cristal, caprichoso, malhumorado, indispuesto e insoportable, a cargo mío. Hay que desromantizar el juego de roles y quemar todos los trajecitos de enfermera sexy de todos los sex shops del mundo. No es divertido, no es sexy, y se requiere de una paciencia y corazón enormes. Mi mayor respeto a las enfermeras de verdad, y a todas las mujeres cuyas parejas son víctimas de alguna enfermedad, accidente o cirugía de gravedad. Ellas merecen un monumento en  medio de la 9 de Julio que pueda verse desde la luna.
De una semana pasó a ser un mes porque los médicos insistían con chequearle el pupo una y otra y otra vez. Porque pese a mi falta de paciencia, mi desempeño como enfermera fue excelente, pero había un puntito que no quería cerrar del todo. Y decido quedarme con él, chequeo tras chequeo. Más que por amor, porque no confío en dejarlo solo con la laguna hormonal en la que se está hundiendo. Mi cable a tierra es ese porro mágico y mis encuentros con mi amigo Renzo. Es como tomarme vacaciones de mi vida de niñera-enfermera, hacer terapia e inyectarme un poco de amor al mismo tiempo. Renzo era todo eso, el porro sólo lo usaba para dormir. Empiezo a tener sueños muy vívidos, tanto que me asustan y me despierto de golpe todas las noches como si alguien me diera una trompada en el pecho, sólo para volver a dormirme y soñar con la misma intensidad. Son sueños que se repiten casi todas las noches. Son sueños recurrentes y me parecen cada vez más reales. Sueño con Renzo y cómo me gustaría estar viviendo con él y no con el bebé adulto. Sueño con mis viejos y que soy chiquita y que no me mandan de campamento. Sueño con Martín, que estamos sentados uno frente al otro y él no para de comer fideos con tuco y nunca levanta la mirada, tiene la mirada fija en el plato con una montaña de tallarines y siempre sin mirarme, me pregunta que si él me dijera de volver a estar juntos como el primer día, sin que nada hubiera cambiado, yo qué le diría. Me vuelvo a despertar con la trompada en el pecho y me vuelvo a dormir y sueño con obras de arte, pinturas y esculturas y exposiciones enteras e inéditas. Me doy cuenta que de tanto dolor y tanta mugre algo bueno está saliendo. Estoy inspirada por primera vez desde que dejé Buenos Aires. Me vuelvo a despertar, anoto todos mis sueños rápido porque sé que si no me los olvido. Miro a mi lado y ahí está: bebé adulto con cara de orto otra vez, y me doy cuenta que estoy agotada. Agotada de dar, y de mimar sin ser mimada, y del maltrato y la falta de amor, y me digo que es sólo una etapa, porque los hombres se ponen así cuando están enfermos, porque no saben sufrir de otra forma, que tengo que ser fuerte porque si no me voy a volver loca, pero igual me dan ganas otra vez de romper todo, mandar todo a la mierda, de meterle la hernia en el orto, renunciar a Londres, a la visa, la relación y la concha de la lora. Me pregunto cómo hace la gente para casarse. Cómo hace la gente para cultivar tanta paciencia, para no romper todo, mandar todo a la mierda. Hay gente que se casa dos veces. Cómo hacen?! A esta altura del viaje quiero abandonarlo todo, ser soltera por siempre, lo único que quiero es irme de mi ex amada Londres, quiero conseguir casa en Berlín, sacar mi ropa de la valija, quiero dejar de ser niñera de un bebé adulto y lo único que quiero es pasarme el día pintando y haciendo esculturas de mis tetas. Era mucho pedir?!
Aparte de todo este mambito personal, en Londres se respiraba un aire de miedo, de inseguridad, de que quizás un nuevo ataque terrorista o de ácido esté a la vuelta de la esquina. A los pocos días de llegar, hubo un incendio tremendo en Camden Market a unas pocas cuadras de nuestro departamento. Esa misma semana vimos desde nuestra ventana cómo cuatro tipos le robaban una moto a otro, y no mucho tiempo después un chabón me abordó en la calle en una situación rarísima donde no paraba de decirme lo linda que era y que quería conocerme más, mientras un tachero siniestro observaba la escena de cerca con la puerta abierta. Me empezó a agarrar un miedo muy profundo, me sentí como me sentía en Buenos Aires y sumado a todo lo que venía pasando con el Danés, me empecé a poner muy triste.
Una mañana descubro un pan desmenuzado sobre la mesada, que la noche anterior estaba entero e intacto. Me doy cuenta que fueron ratas, y era vomitar o largarme a llorar. Elijo huir. Me junto con Renzo y fumamos un porro en los Jardines de la Reina. Atesoro el poder de la amistad más que nunca. Nos abrazamos mucho y nos reímos hasta que nos duele la panza, extrañaba eso. Cuando me separé de Martín no perdí sólo a un novio; perdí a mi mejor amigo. Y no es que no me ría con nadie. En Argentina me quedaron muchos amigos enormes. Pero salvando a mi hermana -que casi no cuenta porque ella está en una categoría superior- nunca más tuve esa complicidad, ese mejor amigo que tenía con Martín. Me doy cuenta que extraño eso, que con el Danés tenemos mil cosas pero no nos reímos hasta que me duele la panza, y necesito hacer amigos en Berlín lo antes posible. Renzo dice que me va a ir a visitar pronto. Me calmo un poco. Me doy cuenta también que hace un mes no interactúo con mujeres, y pese a que me cueste admitirlo, necesito un poco de estrógeno en el aire.
Por fin le dan el alta al Danés y a su pupo y sacamos pasajes para Berlín. Es como haber llegado al final del arcoiris y haber encontrado la olla llena de oro y cogollos. La vida es hermosa otra vez.
El día que llegaríamos a Berlín sería también el día de llegada allí de mi mamá y mi hermana, con quien viajaríamos un poco por aquí y por allá, y tendría, por fin, la energía femenina, la contención, el amor, y un baño limpio donde podría hacer pis sentada. Cuento como los presos las horas que me quedan en Londres y dentro de ese departamento. Cuando nos subimos al subte camino al aeropuerto nos tomamos de la mano y tenemos una reconciliación silenciosa. Siento que nos queremos otra vez. Siento, después de un mes entero, que todo va a estar bien.
PD. PERDÓN. Perdón a todos, perdón a todos los fans (mi mamá +1) que me escribieron angustiados, preocupados y ansiosos porque no veían nada nuevo en mi blog. Perdón. No fue por el cuelgue que me caracteriza. Sólo que necesitaba tiempo para procesar todo lo que me pasó en estas ultimas semanas. Y también pasaron un montón de otras cosas re lindas que contaré más adelante, y después me enfermé y pasaron un montón de otras cosas que también prometo contar y prometo no desaparecer así nunca más.

EL DÍA QUE LAS PERSONAS MÁS FELICES DEL MUNDO. O NO.

Los daneses son mundialmente conocidos como “las personas más felices del mundo”. Estamos en Dinamarca hace 2 semanas ya, y teniendo en cuenta que el día que llegamos lo primero que veo -literalmente- al bajarme del bondi que nos trajo de Berlín es un tipo vendiendole drogas duras a otro en plena luz del día, claramente hay una falla en el sistema, pero están catalogados como los más felices, no los más perfectos ni los más sobrios. Entonces está bien. Pero igual me generaba una enorme curiosidad esta enorme felicidad danesa, así que me dediqué exhaustivamente a informarme, indagando a cuanto danés estuviera dispuesto a darme charla. Les preguntaba más o menos a todos lo mismo: qué opinaban, si se sentían realmente los más felices sobre la tierra, cuáles eran las razones por las cuales se habían ganado este título. Todos me respondían más o menos lo mismo. Se sienten los más teóricamente felices. Antes de responderme hacen un pequeño cálculo mental, como si fuesen tildando ítems en una lista: alto PIB per capita, larga y saludable expectativa de vida, falta de corrupción en la política, complicidad social, el transporte público funciona a la perfección y en estricta puntualidad (tienen semáforos inteligentes que Dan vía verde cuando un bondi se atrasa uno o dos minutos), no hay inseguridad, no hay preocupaciones. 

Suena como si tuviese sentido. Pero es todo eso el equivalente a tal felicidad extrema? Porque para mí la felicidad está innegablemente relacionada con las emociones. Bueno, la felicidad es una emoción, no? Pero digo, para mí el nivel de felicidad está definido por todas las otras emociones que uno lleva dentro. Cómo uno se siente respecto al resto de las cosas, es lo que determina cuán feliz se siente uno. No? No sé. Quizás la felicidad esté en dejar un poco las emociones de lado.

Lo más curioso de todo es que más de uno me reconoce que es “feliz” acorde a esta lista, pero que me envidian a mí por ser latina y Argentina, porque escucharon por ahí que nosotros somos muy apasionados y tenemos emociones fuertes con el simple hecho de ser hijos de un país con riesgo económico o riesgo de zika. Después de un par de birras un danés se levanta a buscar la próxima ronda y al volver de la barra me mira frustrado. No tenían la marca de cerveza que él quería, y me dice: ‘ves? Este es el mayor problema que tuve en toda la semana. Te das cuenta lo aburrido que es ser tan feliz?’

En Dinamarca tienen hasta un manual de cómo ser feliz. Hygge, o el secreto de la felicidad.  Es algo sí como el arte de disfrutar de las pequeñas cosas. El concepto aparentemente nació hace mil años para combatir la depresión del invierno tan largo que viven año a año, y se convirtió en un modo de vida. Leo mucho de esto en internet y parece una guía teórica de influenceres en instagram: ‘si usted quiere ser feliz, pongase medias de lana, disfrute de un café caliente frente a la chimenea, prenda cuarenta y ocho velas y tome un baño de espuma, siga estos simples paso, sea feliz y déjese de joder’. Me da un poco de gracia, porque yo hago esas cosas y believe me las disfruto, pero me hace falta más que eso para ser feliz. Es una cuestión cultural? O es personal? Será que soy hija de un país en constante crisis emocional? O será que soy yo, una drama queen incorregible? Minitah sin causa? Llorona insoportable? Gataflora incurable? Por supuesto que hago mea culpa y entiendo que el problema de mi incapacidad de alcanzar esa felicidad extrema soy yo, y que quizás le estoy buscando el pelo al huevo, pero si ellos tienen la posta, por qué envidian la intensidad de mi sangre latina? Hay una falla en el sistema de esta felicidad. Es como si fuese una felicidad que no les genera felicidad. Están bien, están tranquilos. Tienen cierta paz interior, eso sí. Y hay una paz social de alguna forma también, porque tienen pocos prejuicios, dejan ser al otro, son muy open minded acerca de la sexualidad, de las elecciones de vida. Están muy conectados con el bienestar social y con la libertad, que supongo ayuda a acercarse a la felicidad, pero no están conectados con las emociones, lo cual para mí es la pieza clave de toda esta teoría.

Digo todo esto igual como si yo fuese parámetro de algo, y soy todo lo contrario. Porque soy el otro extremo. Soy el drama en su mayor esplendor. Le pongo demasiadas emociones a las cosas. Todo me parte el corazón. Todo me da una alegría enorme y una tristeza profunda al mismo tiempo. Lloro por absolutamente todo. Mi amigo Dante se frustra mucho cuando me ve llorar. Admito que desde que lo conozco lloro mucho menos que antes, pero cada vez que acudo a él y me desmorono en llanto por algún nuevo drama existencial en mi vida, él me dice que no llore más, que mire todo lo que tengo en esta vida y que me de cuenta de lo bueno que está vivir. Dante es como mi Hygge personal, y creo que es saludable que todos tengan a un amigo como él. Me enumera las cosas: la salud, la familia, los amigos, el estilo de vida, el arte, los viajes, los golpes de suerte, la gente que me quiere, y así. Le digo que tiene razón, sonrío, sollozo un poco, parece que me calmo y me vuelvo a largar a llorar. Porque no me alcanza. Igual que el Hygge.

Martín no se quedaba a dormir en mi casa las primeras veces. Al mes de empezar a salir, empezó a quedarse. Me acuerdo que la primeras veces él se dormía primero, y yo no dormía en toda la noche. Me lo quedaba mirando, tirado tan tranquilo ahí en mi cama, y yo no lo podía creer. Estaba tan alucinada con tenerlo ahí que no podía dormir. No podía dejar de mirarlo, estaba tan enamorada, tan obnubilada, tan deslumbrada, que realmente no podía creerlo y no quería dormir por no perder tiempo de poder mirarlo. Muchas veces se me caían las lágrimas mientras él dormía al lado mío. Porque me dolía todo el amor que me generaba, me dolía sentir tanto, me dolía sentirme tan bien, me dolía tanta felicidad. Me asustaba también, sentir tanto por alguien. Yo les avisé, drama queen recibida con honores.

El danés se queda dormido a las 9 de la noche y yo me muero del aburrimiento. Me siento en la cocina a tratar de escribir algo para este blog que tengo medio abandonado desde que llegué a Copenhague. Me siento en la cocina mientras todos duermen también para estar tranquila un rato, para estar sola, para llorar a cántaros. Estoy muy feliz y con el alma muy partida al mismo tiempo. Cómo puede ser que sienta tanto todo el tiempo? Me agotan tantos sentimientos pero igual no puedo dormir. Pasa la noche y nunca oscurece del todo en Dinamarca. A las 4am todos duermen y por la ventana se asoma un cielo fucsia furioso. Es muy bello y trato de sacarle una foto con mi celular pero la foto sale naranja en vez de rosa y me largo a llorar. Me duele la belleza del cielo y me siento completa y sola y vacía al mismo tiempo. Cómo puede ser? Esto es lo que envidian los daneses, creo. La intensidad. Lo intenso del vivir, la mezcla de emociones, sentir por demás, llego a la conclusión de que hasta nos envidian la angustia, la aflicción, la preocupación. Me animo a decir que nos envidian el desconsuelo de un 24% de inflación. Nos envidian las emociones, o al menos la variedad de emociones, el abanico emocional del argentino. Porque se puede sentir felicidad genuina si nunca pasaste por lo contrario?

Son las 5.40am y no tengo sueño. Igual decido irme a dormir (o hacer el intento) porque me pesa más la soledad que el insomnio. Me meto en la cama y el danés duerme como un tronco. No puedo dormir y me invade una angustia tremenda. Lloro en silencio hasta las 7.30am. No sé bien qué me pone así, quizás extraño un poco, me siento un poco rara en un país tan “feliz”. Entiendo totalmente que nos envidien. Lloro cada vez más, me entran muchas dudas sobre qué estoy haciendo en Europa y qué estoy haciendo co mi vida en general, me angustio un poco más al preguntarme si alguna vez me voy a sentir mejor, más segura, más “feliz”. Tengo la sensación de que me voy a sentir así para siempre, lo que también de alguna forma significa que no me voy a aburrir nunca, y quizás este sea el empuje que también me envidien los daneses: el vértigo de la posibilidad de que en cualquier momento todo pueda dejar de estar bien. Me empiezan a chorrear los mocos de la tristeza y decido obligarme a dormir. Lo cuchareo al danés y repito en mi cabeza como si fuese un mantra: ‘Me tengo que poner bien, me tengo que poner bien’. Porque ya estoy agotada, pero también porque prometí cocinar 4 docenas de empanadas y si cocinás triste la comida te sale un asco.

Duermo 4 horas y me despierto sintiendome genial, aliviada, casi feliz. Es que algo tiene que salir de tanto llanto. Dante se enoja, pero a mí me gusta llorar. Llorar me purifica, me limpia, me renueva, es como darme una ducha emocional. Cuestión que me levanto como nueva y cocino durante seis horas rogando que las empanadas que voy a cocinar por primera vez en mi vida, me salgan ricas. De carne, de pollo con paprika y veggies de brócoli y papa. Salen ‘riquísimas pero muy picantes’ dicen los daneses. Cagamos, les llené las empanadas de emociones (y al final, no se las bancan).

EL DÍA QUE ME QUEDÉ SOLA

Sumado al cambio brusco de un país nuevo, una ciudad nueva, idioma nuevo, vida nueva, estaba el temita de irme a vivir con un hombre. La única vez en mi vida que conviví con un hombre fue con mi papá, en el nicho familiar y de infancia total, así que casi que no cuenta.
Tengo que reconocer que el danés es fácil. Es una persona fácil con la cual convivir. Es la típica persona siempre predispuesta, siempre adaptándose a mis caprichos sin siquiera dudarlo, sonriente sin exagerar. Tiene una energía positiva extrema, pero no agota porque tiene también una personalidad muy cínica. El danés es fácil, es un sol, de hecho. La jodida soy yo, y sabiendo esto, era lo que más me preocupaba de todo este experimento social que era irme a vivir con un hombre.
Los primeros días y todas las primeras veces de todo pasaron con bastante normalidad. Nos llevamos bien con los turnos de cocinar y lavar los platos. Básicamente ninguno de los dos cocina seriamente y yo lavo los platos porque me parece terapéutico. El danés desayuna cuatro bollos de pan blanco enormes, con un kilo de manteca cada uno, y arriba una barra de chocolate. Muy danés, dice. Me sube el colesterol con sólo mirarlo. Yo tomo algo así como un litro de café negro, él un litro y medio de chocolatada, y arrancamos el día. Extraño el mate. Yo salgo a correr, él a caminar. Vuelvo toda chivada de correr y él me respeta las tres horas que me gusta estar abajo de la ducha, y todo el tiempo antes y después de la ducha que paso encerrada adentro del baño. Entre que me saco pelitos encarnados, me maquillo, me desmaquillo, me pongo crema, me peino, me lavo los dientes, y a veces sólo me siento un rato ahí sin hacer nada, porque los baños también son como templos. Me respeta todo. Respeta el despelote que tengo en el dormitorio con todo el contenido de las valijas, respeta que yo no me duerma antes de las 4 de la mañana y que él se vaya solo a dormir todas las noches a las 10. Respeta mis bombachitas recién lavadas colgadas en la canilla del baño. Me respeta, se las banca todas.
Cuando vivía con mi papá tampoco había grandes problemas de convivencia. El único trauma que nos quedó a mi hermana y a mí de esa época es que en mi casa nunca se compraban golosinas a rolete, entonces cada vez que nos regalaban un chocolate o nos sobraban golosinas de las bolsitas de los cumpleaños, los guardábamos en una caja o en algún cajón, a modo de stash, de reserva oculta de provisiones de guerra y comíamos golosina por golosina meticulosamente, como si cada una fuera la última. Lo traumatizante fue que un día nos dimos cuenta que mi papá nos comía los chocolates. Mi mamá no come golosinas, entonces cuando descubrimos una baja en el stock fue fácil señalar al culpable. Quizás en realidad fue algo que pasó una vez, quizás UNA vez nos manoteó UN alfajor y tenemos el recuerdo totalmente desvirtuado, pero las dos tenemos la certeza de que fue así. Con el danés, no hay tampoco grandes problemas de convivencia. A los dos días de llegar a Berlín me vino. Estaba durmiendo y empecé a soñar que paría. Me desperté del dolor y estaba toda ensangrentada. Para mí son todas metáforas, y sí creo que estuve en trabajo de parto en estos últimos seis meses; sí concebí, empollé, y parí a una nueva vida, a una nueva yo, a una nueva versión de mí misma. Sumado al cagaso tremendo que tuve toda esa primera semana, no pude hacer más que quedarme hecha un bollito en la cama y lo único que deseaba era no ser tan adulta, lo único que quería era volver a ser chiquita y vivir con mis papás y que mi viejo me robara mis chocolates. Me tuve que contentar con dos paquetes de gomitas Haribo y un chocolate tremendamente rico cuya marca ni siquiera puedo pronunciar, pero que por él pagué menos de un euro y en Buenos Aires nunca me animé a comprarlo porque te lo venden a mil veces ese valor. Así que tenía ese nuevo stash de cosas dulces, y la paciencia infinita del danés. No necesitaba nada más para sobrevivir a la crisis que mis ovarios estaban teniendo adentro mío. Después salí a correr, y cuando vuelvo, el danés con toda su paciencia y su dulzura y su apetito vikingo, se había comido el chocolate. MI chocolate. EL chocolate de la salvación de ese momento del mes, el chocolate que aunque lo había pagado centavos para mí seguía siendo un chocolate caro y de oro. Una vez más gana el Edipo por goleada.
Así que no, no hubo conflictos más que ese. Que ni siquiera pude decirle nada, porque la paciencia que me tiene no hay chocolate importado que pueda suplantarla. Pero pese a la falta de un problema puntual, me venía picando el bichito de necesitar pasar tiempo sola. Tiempo para mí. No sé bien qué quería hacer con ese tiempo, pero pasé de verme con él unos días cada tres meses a convivir, y una convivencia de 24hs de corrido, y es un poco mucho. No me siento mal contando esto porque sé que no es una locura. Y sé que no es una locura porque cuando un tema se toca en una peli o en una serie, quiere decir que hay gente que ha pasado por eso o se siente lo suficientemente identificada como para no juzgar al que escribió el guión. Hay un capítulo de Sex and the City en el que la protagonista está por irse a vivir con un tipo, y la parte que más le asustaba era perder este tiempo a solas, tiempo con ella misma. Ella decía que iba a extrañar el placer de, de vez en cuando, comer un paquete entero de galletitas dulces en la cocina, en bombacha mientras hojeaba una revista Vogue. No digo que esas cosas sólo se puedan hacer cuando vivís solo, pero es distinto. Y a mí ya me estaba faltando un poco el aire, empezaba a ser todo demasiado distinto.
Para la dicha de mis caprichos, al danés le salió un laburo en Londres y estaría fuera de Berlín por dos días. No era todo el tiempo del mundo, pero era suficiente para respirar.
Así que se fue, lo acompañé un martes a las 6 de la mañana al aeropuerto, un poco porque soy romántica y un poco porque necesitaba asegurarme de que se fuera.Le prometí que iba a hacer un montón de cosas, como seguir buscando departamento para alquilar, salir a recorrer la ciudad, editar fotos, salir a correr, ir al súper. Le dije que sí a todo, sólo quería que se fuera.
Día 1 sin el danés: me pasé el día entero en bombacha, tirada en el sofá del living, enfundada en una manta gigante, y miré comedias románticas protagonizadas por zombies durante casi 12 horas. Me moría por 1/4 de helado pero era más grande la fiaca de salir de mi cueva de soledad. Desayuné, almorcé y merendé pan duro con ketchup porque era lo único comestible que había en la casa. Estaba feliz.
Día 2 sin el danés: dormí en el sillón abrazada a un unicornio de peluche, porque por más tiempo a solas que necesitaba, odio dormir sola en una cama de dos plazas. Me desperté y me propuse tener un día medianamente productivo. El primer paso tenía que ser ir al súper y conseguir comida de verdad. Así que ahí fui, con mis ruleros puestos y mi pelo azul, a cara lavada y vestida pero sin corpiño. Me puse muy nerviosa, me di cuenta que iba a ser la primera vez que interactuara con la sociedad alemana sin intermediario y la facilidad de que el danés habla alemán. Antes de salir del departamento hago un screenshot del recorrido en google maps ida y vuelta al súper, busco en el traductor cómo decir lo básico: “buen día”, “gracias”, “cuándo cuesta?”, “helado”, “no hablo alemán”. Repito varias veces cada frase y finalmente siento que domino el idioma lo suficiente como para salir de mi cueva vampira-unicornia. Voy al súper y siento un alivio absoluto. Me doy cuenta que todo es menos grave de lo que pensaba, que la gente me entiende aunque no hable su idioma, y yo los entiendo a ellos. Nadie me mira, casi que nadie se da cuenta que estoy aterrada como un corderito perdido, a nadie le importa de hecho. Ni el idioma, ni los ruleros, ni el pelo azul, ni nada. Me hace sentir bien lo poco observada que me siento. “Tienen otra cabeza”, pienso que al final era cierto lo que me decían que “podés salir a la calle con un zapato en la cabeza que nadie te va a decir nada”. Vuelvo disparada al departamento,  y lo primero que leo cuando prendo la compu es que un nene en Finlandia casi muere ahogado en una pileta pública llena de gente. El nene se salva, pero el video que subieron a internet es para morirse de espanto. No es una pileta tan grande, y está llena de adultos. El nene empieza a revolotear los brazos, en busca de ayuda y aire, pierdo la cuenta de la cantidad de personas que le pasan por al lado, y la secuencia se repite por varios minutos, hasta que empieza a flotar rendido y casi muerto. Aún así nadie (NADIE) le presta atención. Y me cuestiono entonces si no se van de mambo con eso de no observar a la gente, en no decir ni pensar nada de uno ni aunque te pongas un sombrero en la cabeza para salir a la calle, ni aunque te estés ahogando.
Casi de noche y el danés me manda un mensaje puteando porque se equivocó de aeropuerto y perdió el vuelo de Londres a Berlín. Me causa un poco de gracia porque es un acto de cuelgue que es de esperar que a mí me pase, y me divierte que estas cosas le pasen a los demás, porque siento que los va a humanizar un poco y me van a entender un poco más y se van a enojar un poco menos conmigo cuando a mí me pasen este tipo de cosas por colgada, las cuales suceden bastante seguido. Aparte la verdad es que estaba disfrutando enormemente de mi tiempo sola y de sentir que podía respirar hondo otra vez. Me sigo riendo y le digo que lo espero al día siguiente. Me vuelvo a dormir en el sillón, abrazada al unicornio de peluche y sintiendo que todo otra vez marchaba bien. La sensación de mujer realizada me dura sólo unos segundos, me doy cuenta que me gusta estar en un lugar donde me miran menos con ojos prejuiciosos, pero no me gusta sentirme sola. Me doy cuenta que soy una vampira ermitaña insoportable, con temperamento hormonal durante todos los días del mes, mujer autosuficiente y multifacética. Soy todo eso y me gusta serlo a solas, pero me doy cuenta que, también, lo extraño. El nuevo vuelo llega al día siguiente en horario y lo espero al danés con café recién hecho. La casa está en orden.

EL DÍA QUE BERLÍN

Cuando tenía 18 años conocí a Martín. Al poco tiempo de empezar a salir, un día llegó a mi casa, me besó, y sacó de su bolsillo una pieza de rompecabezas. “La pieza que te faltaba” me dijo.
Lo dijo medio en chiste, pero se convirtió para mí en uno de los momentos más románticos de nuestra historia, mi momento de enamoramiento absoluto hacia él. Y durante casi 5 años él fue esa pieza que siempre sentí que me faltaba, y mi vida giró incesante, plena y perdidamente enamorada alrededor de él. Los 3 años que le siguieron a nuestra ruptura mi vida giró en torno a una búsqueda constante de una nueva pieza, y en el lamento eterno de que ninguna pieza era como la de él, de que esa nueva pieza que buscaba no estaba en nadie ni en ningún lado; no había Tinder que completara mi rompecabezas.
“Poné la libido en otro lugar”, me dijo mi amigo Dante. Y lo hice. Y aquí estoy. Pude por primera vez en muchos años -si no en toda mi vida- correr el foco. Me llevó algunas sesiones de terapia, varias cervezas con Dante y un pasaje a Berlín sólo ida, pero lo logré. Logré enfocarme en mi carrera, en mis obras, en mí. En disfrutar más allá de la persona que tenga al lado, en vivir más allá de eso, también. Una vez tuve un novio que me dijo que le daba miedo estar conmigo porque “yo sentía bocha”. Y es cierto, siento un montón de cosas todo el tiempo, y a unos niveles ridículos. Y esto también se trata del nuevo foco que le puse (o intento ponerle) esa pesadez de sentimientos.
Por fin Berlín. El proceso entre decisión y ejecución fue rapidísimo, pero las ganas las tenía desde hacía un montón. Así que Berlín; una ciudad de la que no sabía nada, a la que nunca había ido, un idioma que no hablaba, un lugar donde nadie me conocía se había vuelto de repente en la tierra prometida. No sé cuál era la promesa, pero puse mi libido en ella.
Dos semanas llevo acá en Berlín, y sigo sin saber mucho, sin hablar el idioma y sin que nadie me conozca. Me siento re recién llegada aún, y siento que me voy a sentir así, como flotando, durante un buen tiempo. Miro todo con ojos de turista, todo me parece hermoso y alucinante. Los alemanes me tratan con una dulzura y una buena onda que me deslumbra. La arquitectura es divina, todos edificios bajos, de más o menos cinco pisos, lo que despliega un cielo muy extenso, no como el de Buenos Aires que es alto y chiquito; el cielo de Berlín se te cae encima y es como infinito, se cuela entre los edificios de colores del este de la ciudad y pareciera que se chorreara a través de mis ojos-turista sobre mi capacidad de asombro. Lo que me tiene alucinada también es que hay luz de sol hasta las diez y media de la noche y amanece a las tres de la mañana. El atardecer es tan largo como el cielo y la hora mágica dura tres veces más que en el sur. Entre el jet lag y el excite existencial que tengo, me duermo todos los días no antes de las las cuatro de la mañana, y ya hay sol radiante. Si algo le falta a Berlín es oscuridad, me decepciona un poco. Me dicen que en invierno la noche es más larga, y también tratan de asustarme con el frío que se viene a partir de noviembre, pero no me asusta. No veo la hora de que sea invierno y cagarme de frío y casi no ver el sol. Quizás sea el haber nacido en la montaña, quizás sea la sangre germana que llevo en las venas, quizás escuché mucho Babasónicos. Soy medio vampira y me da un poco de paja salir a conocer la ciudad con tantas horas de sol radiante. Al final no soy muy buena turista. Lo único que quiero es poder usar la ropa que me traje de invierno. Aunque en estas dos semanas usé ropa de casi todas las estaciones. Berlín me deja azorada con una ciclotimia climática que hace impecable analogía de mis estados de ánimo. Sale el sol a las 3 de la mañana, eso siempre. Está fresco, se levanta viento fuerte, se nubla, sale el sol, a los 5 minutos llueve, quizás graniza, sale el sol, hace calor, se vuelve a nublar, otra vez sol. La analogía es la siguiente: tengo la mejor vida del mundo, qué mierda hago acá?, VIVO EN BERLIN!!!!!!!!, qué paja vivir con un hombre, qué maravillosa es la vida, odio el sol, extraño a Martín, no me falta nada en esta vida, no entiendo nada de alemán, creo que puedo llegar a aprender muy rápido el alemán, qué bien funciona el primer mundo, cuánto extraño Argentina, qué mal puede llegar a salir todo, qué bien puede resultar todo. Otra vez sol.
Para calmar las ansias salgo a correr. Una hora-horita y media todos los días, embadurnada en protector factor 85, porque nunca más conseguí factor 110. Berlín es una ciudad enormemente verde, eso sí me lo habían dicho. “Te vas a meter en uno de los parques y vas a sentir que no puede ser que estés en una ciudad” me dijo Dante. Dante dice muchas cosas, y casi siempre tiene razón. Me inmerso a correr en un parque frondoso cuyo nombre todavía no aprendí a pronunciar, y después de la primera canción que suena en mi iPod ya me olvidé que me rodean calles de cemento. De a momentos me siento en Cruz Chica (parte de La Cumbre, mi pueblo natal), y hay algo también en la pureza del aire que me lleva ahí y me confunde de estar en realidad en plena ciudad. A los pocos días de llegar vemos en pleno centro, cruzando la calle de un parque a otro, un zorro. Un zorro enorme, majestuoso, divino. Como los de La Cumbre. Siento que es de buen augurio, como un trébol de mil hojas, como una estrella fugaz. Pronóstico extendido: sol radiante adentro mío.

 

 

 

EL DÍA QUE ME FUI

Me mudé dos veces en mi vida. A los 16 cuando me fui de intercambio a vivir un año a Francia, y a los 18 cuando me fui a estudiar a Buenos Aires. No tengo recuerdo de ninguna de las dos. Cero recuerdo. Una laguna, un blanco, un paréntesis vacío. Ni el armado de las valijas, ni el día que me fui, ni el día que llegué. Tengo una memoria bastante selectiva, y tiendo a hacer desaparecer las cosas que me dan miedo.  Y me dan miedo casi todas las cosas. Aunque sean cosas lindas, cosas que quiero, cosas con las que he soñado vivir. Me dan miedo casi todas las cosas. Me aterrorizan los cambios.
El día que saqué el pasaje a Berlín estuve en cama 6 días. Me agarró una gripe asesina, pero no era un virus, era el cagaso.
Escribo sobre este viaje antes de que me olvide. Porque son directamente proporcionales los niveles de entusiasmo y de pánico que todo esto me genera.
Tema valijas. Qué cosa difícil poner toda una vida en dos valijas de 20 kilos. Porque eso tienen las aerolíneas low cost; precios hermosos de bajos pero te recortan el peso del equipaje de 23 a 20, y tienen fama de no perdonar ni 100 gramos. Tengo MUCHA ropa. Cuento casi 200 pares de zapatos. Sí, 200. Tengo mil cosas. Tengo muchos libros, bijoux, una lámpara en forma de beso que me quiero llevar sí o sí, una olla de cera depilatoria, 2 kilos de maquillaje, pantuflas en forma de unicornio. Me quiero llevar todo.
El problema es que nunca fui una light traveler. En eso salgo a mi mamá. Ella es una experta en el sobrepeso de equipaje; experta en llenar hasta el borde las valijas, experta en hacer pasar ese desborde en los aeropuertos sin que le cobren un peso, experta en pasar desapercibidos electrónicos por aduana. Experta, reina, diosa aduanera, jefa y señora del equipaje. Y del de mano también: el carry on, la cartera XXL, una bolsa con abrigo y snacks, otra bolsa con cosas que no entraron en las valijas grandes. Bolso, bolsa, bolsita. Encabeza la lista de cosas que le enervan a mi viejo. Si no los conociera tanto podría jurar que se divorciaron por las diferentes filosofías y estrategias de viaje. El Señor LightTraveler vs. la Señora BolsoBolsaBolsita.
Después de muchas horas logro meter en dos valijas lo que me parece más esencial. Todo me parece indispensable. Peso las valijas y cada una ronda los 30 kilos, estoy en problemas. Saco cosas y se me parte el alma con cada taco aguja que decido dejar en Buenos Aires. Vuelvo a cerrar las valijas, las peso y tengo 9 kilos de sobrepeso. A partir de este momento puedo elegir dos caminos: parecerme a mi mamá o casi parecerme a mi papá. Sacar cosas de las valijas grandes y llenar bolsos, bolsas y bolsitas para llevar todo en cabina conmigo, o reducir cantidad de bultos y viajar liviana. Ya fue, los pagaré, estoy exhausta y me rehuso a resignar más zapatos, y me muero por parecerme a mi papá. Me muero por ser su orgullo, descendiente único del legado del light traveler. En mi última visita a La Cumbre me regaló 200 francos para usar como yo quiera en el viaje, decido usarlos para costear el temita del sobrepeso y parecerme más a él. Me pregunto si el complejo de Edipo tiene precio, y si lo tuviera rondaría los 200 francos.
Mi hermana está viviendo en New York hace 4 meses porque se ganó una beca. Somos muy muy unidas, y le hice creer que no nos íbamos a ver antes de mi viaje. Pero decido hacer una escala sorpresa: EZE-JFK-BER. Llego a Ezeiza, donde me encuentro con mi mamá que va a visitar a mi hermana también. Tiene con ella un carry on, una cartera enorme, un bolso, una bolsa y una bolsita. Real, me hace reir. La amo. Pasamos los controles sin que nos cuestionen ni que nos cobren el sobrepeso ni el cargamento de equipaje de mano.
New York está hermosa y mi hermana también.  Pasamos 10 días alucinantes y es tiempo de rehacer mis valijas nuevamente. Las peso y NO SÉ CÓMO el sobrepeso se duplicó y tengo que lidiar con 18 kilos de sobrepeso. No tiene nada que ver que me haya comprado 3 pares de botas y un par de tacos aguja de brillantina en New York. Nada que ver. Como todavía tenía los 200 francos del edipo a mi favor, decido no preocuparme por los 18 kilos; los voy a pagar, me voy a portar bien, finalmente seré una “light” traveler, papá estaría orgulloso.
Llegamos a JFK. Mis valijas parecen crecer minuto a minuto, me empiezo a poner muy nerviosa con el tema del equipaje. Viajo en una aerolínea low cost y tengo miedo que me reten, que me hagan dejar cosas, que me bajen del avión, fallarle a mi papá. La cola de Norwegian Airlines es larguísima y caótica, me siento en Argentina. Avanza lentamente y estamos casi 2 horas en esa fila. 2 horas en las que transpiro de nervios y mi hermana putea frustrada contra esta hermana desordenada que le tocó, sacando cosas de una valija a otra; si no podíamos deshacernos del peso, al menos podíamos balancearlo. En New York tuvo tiempo de leer y releer el libro de esta mina que le encanta ordenar. Mi hermana mira mis valijas frustrada: le falló a Marie Kondo como yo siento que le fallé a mi viejo.
Llegamos al mostrador. Los empleados de Norwegian están hartos y extenuados, es ventajoso tener al enemigo cansado. Mi hermana me ayuda a poner las valijas sobre la balanza, porque es amorosa pero también porque es imposible levantarlas si no es de a dos. La charlamos mucho a la chica del mostrador, tratamos de mantener contacto visual constante, no soltamos del todo las valijas en la balanza. Pesan un montón, pasan como si nada. La victoria es nuestra, gol de Messi dedicado a Marie Kondo y a padre, +200 francos a mi favor.
El equipaje de mano logré dividirlo en 3: la mochila con la cámara y los equipos (16 kilos), un carry on (13 kilos) y una manta de piel de conejo que me regaló mi mamá para el invierno feroz de Berlín (casi 4 kilos). La teoría y mi tarjeta de embarque dicen que sólo tenía 10 kilos autorizados, bajo todo concepto. Así que era el segundo tomo de la Pesadilla del Sobre Peso. Al final ratifico que no es el dinero lo que te permite salirte con la tuya en la vida, sino saber hacer ojitos y realmente querer algo. Yo realmente quería llevarme todo eso conmigo: los 44 pares de zapatos, la lámpara en forma de beso, la cera depilatoria, la manta de conejo. Lo logré, lo hice. Pasé todo sin que me reten, sin que me cobren. Dudo que mi papá estuviese orgulloso, porque al fin y al cabo no tendré bolso, bolsa, bolsita, pero tengo mochila, carry on, manta y dos valijas. Siento que aún soy su pesadilla genética, pero me siento triunfante.
Me paso el vuelo tratando de no dormir, clavando la mirada en el compartimento por encima de los asientos, tengo terror de que algo salga mal, porque “hay gente que roba de noche en los aviones”, pero me olvido que ya estoy en otro país. El vuelo va repleto de rubios escandinavos. No dejo de preocuparme pero el cagaso vence a la preocupación y me duermo profundamente después del tercer capítulo de los Animaniacs que logro sintonizar en la pantallita de entretenimiento.
Me despierto a las 2 de la mañana y veo el amanecer. Nunca vi algo así. Sí había visto un amanecer desde un avión antes, pero siempre viajé de sur a norte o de norte a sur. Es distinto cuando viajás en linea paralela al ecuador. Es raro y hermoso, como los escandinavos. Miro por la ventanilla y ahí está: asoma el sol 2am. Lo que es raro de viajar de oeste a este en vez de sur a norte, es que se ve más claro el paso de la noche al día. El cielo está literalmente partido al medio. Miro apenas para atrás y hay una noche negra y profunda. Miro hacia adelante y está el amanecer más hermoso del mundo, un horizonte rosa, brillante y prometedor. Me pregunto si es la metáfora perfecta para esta nueva etapa que me toca, este renacer, o si simplemente estoy empezando a alucinar por la falta de sueño. Me convenzo de que es una buena y acertada metáfora.
Hago escala en Oslo, miro hacia afuera del aeropuerto y parece la Patagonia. Me subo al segundo vuelo y la hora y media que nos toma volar a Berlín no se ve nada por la ventanilla. Es una hora y media de nubes densas. Es lo desconocido absoluto, es la intriga, es mi miedo, vuelvo a quedarme dormida.
Llego al aeropuerto de Berlín y ya no está nublado. Llevo puestas unas botas de cuero Harley Davidson de segunda mano que compramos en un negocio vintage en el barrio de East Village en NY. Elegí usar esas para viajar porque resultaron ser el par de zapatos más pesado de todos. Son unas botas tremendas, sexies, rockeras, pesadas. Son para andar en moto no en avión, me hacen sentir poderosa, triunfante, más alta, más linda y hasta capaz de hablar alemán. Quizás ese fue el amuleto de la suerte en toda esta travesía. Son unas botas pateaculos, y me las quiero dejar puestas para siempre.
Retiro mis toneladas de equipaje y me encamino hacia la puerta de salida. Del otro lado está el danés, esperándome sonrojado y sonriente más por nervios que por alegría. Estamos los dos contentos, no paramos de reir y sonreir; ninguno de los dos está muy seguro de en lo que nos estamos metiendo. El danés mira horrorizado mi equipaje y me hace un elegante escándalo por no saber viajar ligeramente. Es como un agente secreto enviado por mi papá y me pregunto si mi Edipo tiene límites.
Salimos del aeropuerto y lo primero que noto de Berlín es que el 80% de las calles -y veredas- son de adoquines. Empiezo a cuestionarme si no fueron al pedo entonces los 14 kilos de zapatos taco aguja. Por las dudas no le cuenten a mi viejo.

 

 

 

EL DÍA QUE EMPEZÓ TODO

En julio del año pasado me llegó un mail de una galería de Londres diciendo que habían visto mis fotos en Instagram, y querían exponer mis fotos. Spam? Una joda? Un error? No, la vida real. El sueño de la piba. El sueño hecho realidad.
Así que fui, expuse, vendí, toqué el cielo con las manos.
Viajé con mi mamá y mi hermana. Mi papá cayó de sorpresa a la inauguración. Mi mejor amigo fue a visitarme de sorpresa 3 días después. Spam? Una joda? Un sueño? No, la vida real, más hermosa que nunca.
El día que llegué me abrí una cuenta en Tinder. En vez de llenar mi perfil con detalles de mi personalidad y mis gustos sexuales, puse la información de la muestra y la dirección de la galería. Hice match con un montón de europeos. Todos potros, todos artistas, todos prometedores. Qué mal distribuidos están los hombres en el mundo. A los pocos días me llegó un mensaje de uno de ellos: Un fotógrafo danés que en la foto de perfil se le veía un mapamundi tatuado en el pecho pero no se le veía la cara. Me dijo que había ido a mi muestra, que había flasheado con mis trabajos y que tomemos un vino. Estuvimos en una nube de pedo de amor de verano dos semanas, hasta que me volví.
En Londres me pasó algo rarísimo; sentí pertenencia. Nunca me había pasado eso en un lugar. Ni en La Cumbre, donde nací y me crié y es mi lugar favorito en el mundo, pero siempre supe que me iba a ir de ahí. Ni en Buenos Aires, donde estudié, trabajé, me enamoré y viví ocho años. Buenos Aires me gusta, pero siempre fue una etapa. Siento que es una ciudad que no me vio, que no le interesó verme. Una ciudad que no me entendió. Una vez, hablando de mi ex con una amiga, ella me dijo que “él fue un hombre que me entendió”. Si Martín fuera un país, tramitaría una green card para exiliarme allí.
No sentí pertenencia ni en Córdoba, ni en Buenos Aires, ni en ningún otro lugar. De hecho siempre fui una distina, una marginal, marginada, la chica rara en el colegio (un profesor una vez me dijo que era tan rara como un perro verde), una incomprendida, una outsider. Aahhh, pero en Londres… Y ojo, que a mí me encanta vivir en Argentina, me encantan los argentinos y me encanta mi vida bien al sur. Pero Buenos Aires me agotó. Tengo un agotamiento físico-emocional que ya no puedo tolerar. Nunca fui militante de que la vida es una mierda en Argentina y que el pasto es siempre más verde en el otro lado de la frontera. Pero… ES distinto allá afuera. El pasto ES más verde, las cosas FUNCIONAN mejor, la gente ESTÁ menos enojada, las calles SON más seguras, el artista TIENE más posibilidades, la vida ES más posible. No digo mejor. Digo distinta, digo más posible.
Así que me volví medio flasheada, con la boca hecha agua de quedarme ahí un tiempo. El tema es que tengo pasaporte argentino. El tema es que estaba encendida de ganas de quedarme para trabajar, crecer, crear; no quedarme como turista. El tema es que mi papá tiene pasaporte alemán, pero como mi hermana y yo nacimos antes de que mis viejos se casaran, la ley no nos reconoce como descendientes germanas. Busqué casarme con cuanto descendiente europeo se me cruzó. Ninguno me dio bola. Creo que los pasaportes europeos están tan mal distribuidos en el mundo como los buenos pretendientes en Tinder.
Al danés del mapamundi dibujado en el pecho pensé que nunca más iba a verlo pero nos seguimos hablando todos los días por whatsapp. Dos meses después me dice que quiere venir a verme a Buenos Aires. Le digo que sí, que haga lo que quiera, porque la verdad es que no lo creía capaz. Acto seguido me llega una notificación de whatsapp con los datos del vuelo.
Yo seguía obsesionada con la idea de irme a vivir a Europa. Seguía pensando que al danés no volvería a verlo y que lo de venir a verme era todo verso. El Brexit pisaba cada vez más fuerte, irme de Buenos Aires parecía cada vez más difícil. Había sido todo un sueño? Qué fácil me ilusiono con todo. Mucha gente me decía que si había flasheado con Londres tenía que ir a Berlín, que es igual de flashero, mucho más barato y que los alemanes son menos rígidos que lo que parecen. Mi hermana descubre que 6 meses atrás se había firmado un convenio entre Argentina y Alemania y que estaban dando visas laborales por un año a personas de hasta 30 años. Todo parecía empezar a tomar forma otra vez.
Al final el danés vino en diciembre, vino en enero, vino en marzo. Hasta las bolas el danés. Qué mal están distribuidos los hombres románticos en el mundo.
Sin que yo le contara de mi sueño visado él me cuenta que a fines de mayo se mudaba de Londres a Berlín. Le cuento, y me dice que tengo que hacer ese sueño realidad. Qué él se iba a ocupar de todo, que yo sólo tenía que ocuparme de llegar a Berlín. Un sueño? Una estafa? Una jodita para VideoMatch? No, this is real life. Todo esto está pasando, y me cuesta creerlo. Qué locura como nos acostumbran tanto a pasarla mal que cuando algo es demasiado hermoso nos resulta sospechoso. Cómo puede ser que los planetas se hayan alineado en una línea tan recta? Cómo puede ser la vida tan maravillosa?
Lo más lindo de todo esto, es que no me estaba yendo por él. Esta no es una historia de amor. O sí. Esta es una historia de amor propio. Este es un diario de viaje al interior de mí misma. Esta es mi historia y cómo me animé a querer ser feliz (porque hay que animarse, eh! Hay que bancarse la felicidad). Estas son notas de un diario íntimo de cómo ser feliz o morir en el intento.