EL DÍA QUE SE FUE TODO A LA MIERDA

“You are entering the dangerous year” (“Estás entrando en el año peligroso”), me dijo al oído mientras me abrazaba por detrás y me apoyaba su enorme y horrible pene curvo, y mi cola se fruncía hasta volverse cóncava. Me recordó que ese día cumplía 27. Me hice la dormida o me hice la boluda, y él siguió pinchandome la baja espalda con la punta de su insistente y aburrido miembro. Me moví apenas en dirección contraria, huyendo de su erección y casi me caigo de la cama. Ya en el borde del colchón me empeñé en seguir haciéndome la dormida, esperanzada en que en una de esas él desistiría y yo podría dormir hasta que no fuese más mi cumpleaños, o al menos hasta que se le bajara el pito.

El “Club de los 27″ es, según Wikipedia y el mundo, “una expresión utilizada para referirse a un grupo de músicos populares que fallecieron a la edad de 27 años.” Comenzó con una lista de músicos sobrenaturalmente talentosos que coincidentemente murieron a esa edad, pero en diferentes momentos históricos. La lista original la encabezan músicos como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse. Luego la lista comenzó a crecer a modo de leyenda urbana, y se agregaron algunos músicos no tan mundialmente célebres (como Rodrigo Bueno), e incluso varios artistas de campos lejanos a la música. A eso se refería el Danés con ese amoroso saludo cumpleañero.

Eventualmente terminé saliendo de la cama a rastras, directo al baño sin repetir, sin soplar y sin coger. A lavarme la cara, a tratar de lavarme la edad, el cansancio. Me miro al espejo y me veo vieja. Vieja chota. Es algo en mi mirada, en mi expresión entera. Es algo físico también. Cómo puede ser que las tetas se me hayan caído de la noche a la mañana? No me siento vieja, y no me asusta el fantasma de estar pisando los 30; pero siento al mismo tiempo que estoy a punto de morir de vieja. Morir de cansancio, de agotamiento, de aburrimiento, de vacío. Así se siente ser adulto? Ya pasé el pico de mi vida y no me di cuenta? Esto es todo? A partir de los 25 se envejece en picada? A partir de los 25 se muere lentamente? Janis Joplin: sobredosis de heroína, Rodrigo Bueno: accidente de tránsito, Cremadecrema: de novia con el chico equivocado.

Me lavo la cara, levanto la vista y reconfirmo que la edad ha tocado a mi puerta. Efectivamente, las lolas están caídas (y una mucho más que la otra). Acerco la cara al espejo un poco más y me descubro una (sí, UNA) cana, en el medio de mi ceja izquierda. Qué (me) está pasando?! Tengo la tez llena de arrugas incipientes y manchas de edad. Sí, de edad; esas manchitas que le aparecen a los viejos en la cara y en las manos. Tengo la cara llena de esas, a los 27. Esta vida me está matando, y creo que voy a morir de vieja en cualquier momento. Esta relación, este hombre me está matando. Como se me viene la vejez encima, no puedo evitar pensar en el futuro: éste es el hombre que me va a ver envejecer? Este es el hombre que va a ver cómo mis líneas de expresión se transforman en profundas arrugas que gobiernen mi cara? Este es el hombre que me va a ver morir? Pienso en un futuro más cercano y me da náuseas pensar en traer al mundo a un bebé con los genes de un hombre como éste; los genes de un hombre que con su simple existir tiene el poder de envejecer a una mujer 40 años en 365 días.

No deja de sorprenderme lo fácil que una se mal-acostumbra a ciertas cosas. Lo fácil que es caer en la naturalización de cosas que no deberían sernos naturales. Lo rápido que una se acostumbra a no sentir, a no amar, a no sentirse amada, a no reír, a no acabar, a no ser feliz, a no ser una misma; y que todo esto nos parezca normal.
Había caído en un pozo libre de emociones. No era un pozo depresivo; había dejado de sentir. No estaba triste, no me salía llorar, ni sentía que había hecho algo mal. Estaba entregada. Suena terrible pero es más aterrador viniendo de mí; la reina indiscutible de las emociones. Mi vida, toda mi vida, mi forma de ser y todo lo que alguna vez ha salido de mí, ha sido marcado, bañado y definido por las emociones. Ya no. Sentía que esa era la vida que me había tocado vivir, y estaba más o menos bien con eso. Quizás de esto se trataba la adultez; de dejar atrás el corazón, de dejar atrás lo que había sido durante 27 emocionantes años. Quizás por eso los viejos hablan tanto desde la nostalgia. Quizás por eso Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse y El Potro murieron a los 27; tiene sentido que artistas tan emocionales no hayan podido lidiar con una vida vacía de emociones. Quizás el Club de Los 27 tenía una explicación científica. El ciclo de la vida. Me daba paja que ese fuese mi destino, que esto fuese crecer, pero había decidido que si esta era la vida que me tocaba, pues esta sería. Después de todo, todo pasa por algo.. no?

Noviembre 2017. Mis días, aparte de despertarme junto a un hombre del cual no estaba enamorada y no reconocer la cara que veía en el espejo, se me pasaban en mi primer curso de alemán, clases de pintura y dibujo, y andar en bici por horas, llueva, truene o nieve. Cualquier actividad que me mantuviera alejada de mi casa. Esa casa que tanto me costó encontrar y hacerla mía. Una casa que no era hogar. Cuando volvía a ella, me encerraba en mi estudio. Muchas veces a trabajar, otras tantas a dormir una siesta en el sofá (para no estar tan cansada de noche y pasar la menor cantidad de horas posibles en el lecho casi matrimonial), miraba Netflix, miraba el techo, deseaba no estar ahí, y al mismo tiempo estaba contenta de estar ahí, pero deseaba que fuese en condiciones diferentes. Puedo escuchar el teléfono sonar, de parte de mi familia, amigos y gente que me quiere, reprochándome por qué no pedí ayuda en un momento como ese. Por qué no acudí a ellos. Puedo ver a mis viejos retorciéndose en autocríticas, de cómo dejaron a su hija llegar a ese punto, por qué no lo vieron y por qué yo sólo les decía que estaba contenta con mi vida en Berlín. El tema es que no sólo es muy difícil pedir ayuda cuando una misma no sabe que está en peligro barranca abajo, sino es muy difícil pedir ayuda cuando una ha perdido la capacidad de emocionarse. Tranquilos, amigos. Tranquila, fiera. Pese a este posteo, el tiempo me daría la razón: TODO por algo pasa, y yo, créalo o no, estaba haciendo las cosas bien. Y convengamos, que hay batallas que para ganarlas hay que atravesarlas en soledad.

Yo quería que esto funcionara. De verdad, quería hacerlo funcionar. Empecé a forzar situaciones de pareja, para ver si en algún lugar podíamos conectar. Por supuesto que le seguía escapando al peor sexo que tuve en mi vida, pero como para acercarte al otro no necesariamente tenes que acercar lo que te separa, decidí encararlo por otro lado. Con suma ingenuidad pensé que compartir algún tipo de actividad podía hacernos cómplices, compinches, compañeros. Sugerí empezar a ver una serie juntos, y así condicionar un encuentro si no diario, cada un par de días. Cocinar juntos, compartir una cena, compartir una historia. Elegí una serie que me diera un poco de miedo, para también generar ese vínculo adolescente entre un chico y una chica, donde ante una escena de terror ella busca refugio en el abrazo de tamaño masculino, y él se siente más fuerte, necesitado y todopoderoso; que puede protegerla del malo de la película. Suena ridículo, pero situaciones desesperantes te llevan a tomar medidas desesperadas. Elegí “The Sinner”; serie sobre una asesina. La serie es realmente muy buena y atrapante, lo que incentivó la programación de citas hogareñas; estábamos ambos muy expectantes no sólo de la historia, sino que estábamos deseosos de compartir ese momento. Mi plan acaso estaba funcionando? En un capítulo a una chica le pisan el esternón hasta quebrárselo. La chica por supuesto muere, y yo, abrazada al Danés porque estaba muerta de miedo, tengo una epifanía. Ese impresionante y doloroso sonido a hueso roto me abrió los ojos. Esa escena fue la analogía perfecta a lo que me estaba pasando a mí. El Danés me había pisoteado el esternón emocional hasta rompérmelo, y eventual(y emocional)mente moriría si seguía bajo su ala. En su abrazo no estaría a salvo del malo de Netflix, porque él era el malo de la película más malo de todos. Y todo este show que habíamos creado al compartir una serie fue un manotazo de ahogado, como quienes para arreglar la pareja deciden tener un hijo. Niños, no intenten esto en sus casas. La alegría dura muy pocos minutos, y el plan NO FUNCIONA. Tuve una breve revelación divina, de cómo tantas mujeres casi sin darse cuenta quedan atrapadas en matrimonios y vidas que no les pertenecen, que por miedo, ignorancia o cobardía se despiertan cuarenta años después, rodeadas de bebés, un marido que no las ama ni las coge, patas de gallo y una adicción silenciosa a algún ansiolítico. No puede ser que esta sea la vida que me toca vivir. No puede ser. Tenía que huir de allí.

Luego de separarnos, con Martín mantuvimos mucho tiempo una tradición implícita. Nos mandábamos mails para nuestros cumpleaños. No Whatsapp, porque éramos old school y también porque cuando salíamos Whatsapp no existía, y cuando empezó a existir nuestros celulares eran tan chotos que no soportaban la aplicación. E incluso durante esos gloriosos años de noviazgo, solíamos escribirnos mails a diario, contándonos qué habíamos comido y contando las horas que faltaban para volver a vernos. Nos recordábamos por mail y por SMS mutua y constantemente cuánto nos amábamos y cuán felices éramos de amarnos así. El día que cumplí los peligrosos 27 fue el primer cumpleaños en que Martín no me mandó un mail. Cuando dieron las 12 y dejó de ser mi cumpleaños, y mi bandeja de entrada de gmail seguía en cero, me sentí aún más sola que cuando me había despertado esa mañana. Era de verdad el fin de una era. Algo estaba cambiando. Dentro mío, en mi ceja izquierda y en todo mi alrededor. No podía contar con el Danés y ya no podía contar con Martín, ni siquiera en ese único y tradicional día del año. Cumplí 27 y al final el Danés no estaba tan errado; algo en mí estaba muriendo.

Se hizo diciembre, con la sorprendente velocidad que nos indigna a todos cada año. Nevaba en Berlín. Por supuesto que estaba sola cuando la primera nevada. Más allá de mi inexplicable amor por el frío y el invierno, esa nevada fue muy especial. Salía de casa con mi bici bajo el brazo y cuando levanté la vista, con todos esos copitos cayéndome sobre la cara en cámara lenta, sentí que el tiempo se ralentizaba. Sentí que sobre el mundo entero a mi alrededor caía un manto de tranquilidad, casi de esperanza. Sentí que todo iba a estar bien, y que no podía ser de otra forma. Casi que no hay sonido cuando nieva. Y esa falta de todo, de sonido, de compañía, de calor, desplazó mi falta de emociones. Me reencontré a mí misma, en esa calle fría y ahora también blanca, del alejado e inhóspito barrio berlinés de Reinickendorf. Me sentí bien, me sentí plena después de mucho tiempo. Me encontré sonriendo, a la nada y a nadie, a la vida, al vivir. A la vida que tuve en general, y a la vida por venir. La que estaba viviendo no podía ser la final.
A principios de ese diciembre fuimos a Londres (tranquilos, mi condición fue no alojarnos en el departamento del horror), al casamiento de unos amigos del Danés. Principalmente porque él Danés me lo pidió, pero también porque tengo un nivel de ansiedad social importante y porque no me gusta llegar a una fiesta con las manos vacías, mi regalo de bodas fue hacerles las fotos de los preparativos de la novia, la ceremonia legal, y la fiesta. Yo estaría entretenida y ocupada durante todo el evento, y ellos tendrían fotones de ese día. El Danés, fotógrafo profesional también, es una de las personas más competitivas que conocí en toda mi vida. Cuando le conté que finalmente era mía una Canon 5D Mark IV (una especie de Ferrari de cámaras profesionales), él -que ya contaba con un equipo lindísimo de cámaras- al día siguiente pidió un crédito (atenti el nivel de locura) a un banco inglés y fue y se compro la misma cámara que yo. No se aguantó “ser menos”. No podía. Nunca se alegró por un logro profesional o artístico mío. Cada vez que le contaba algo increíble que a mí me había pasado o había logrado a nivel carrera, su respuesta era que a él también le había pasado hacía mucho tiempo, o que él también había pasado por eso, pero mejor. Yo soy una persona igual o más competitiva, pero es un defecto que se le desvanece con respecto a mis parejas o a mi familia. A él no. Y así, pese a habérmelo pedido él que yo sacara las fotos, no se bancó que yo cubriera la boda de sus amigos. Estuvo toda la ceremonia y la fiesta sacando fotos con su cámara-clon-de-la-mía, dándome indicaciones de cómo debía sacar mis fotos, y todo a las puteadas, porque él esa noche quería estar de civil festejando, y no trabajando. Alguien te pidió que te metieras en esta? No. Al día siguiente, preparando nuestra vuelta a Berlín, dictamina que él editaría todas las fotos, las sacadas por él y las sacadas por mí. What? Más allá de que su estilo de edición me parece correcto pero aburrido, no quería darle mis fotos no por desconfianza, pero porque no había sido el trato, y porque mis fotos son MÍAS, salvo que se aclare en un contrato, las fotos que saco yo las edito yo, son mis fotos, mis obras, mis bebés. Darle mis fotos para editar a él sería como parir a un hijo y entregárselo para que lo amamante él mismo con sus tetillas con piercings infectados. Ese bebé no sobreviviría, y mis fotos tampoco. Lo saqué cagando, y como cada vez que discutíamos, lo sacaba de quicio no tener poder sobre mí. Que yo le dijera que no, que yo no hiciera lo que él quisiera, que yo lo desafiara, que yo sea libre. Volvimos en un vuelo low cost los dos callados y mirando el cielo cada uno por una ventanilla distinta.
Para Navidad fuimos a ver a los padres a un pueblo perdido cerca de Copenhague. Yo no daba más de rabia y quería darle fin a todo lo que con él estuviese relacionado. Pero ya teníamos los pasajes, y los padres eran un amor. Cuán podrida tiene que estar una relación para querer más a tu suegra que a tu novio?
Los padres de él no lo sabían, pero yo fui a ese viaje para despedirme. También para agradecerles lo amorosos que habían sido conmigo, y un poco también para cuestionarles cómo siendo tan cariñosos y amables habían criado a semejante aparato. Esos días navideños se pasaron rápido, comimos rico y en cantidades, y borrachos bailamos todos tomados de las manos alrededor del árbol navideño, cantamos canciones típicas en danés y fuimos a misa. Verdaderamente unas fiestas muy atípicas para mí, muy de una vida que no era la mía.
Con un año exacto de perspectiva, lo recuerdo como un viaje que hice sola. No tengo recuerdos reales del Danés en escena. Qué cosa a veces maravillosa, la memoria selectiva.

Ni a Londres ni a Copenhague llevamos forros (porque chicas, no se olviden que aunque cojan con forros siempre hay que usar preservativos). La relación pasó de estar adormecida a estar totalmente rancia y muerta. Y yo seguía sin decir nada, porque estaba muerta de miedo. Miedo de tomar decisiones, de estar sola, de que él se enoje, de quedarme sin departamento, ese departamento que tanto me costó encontrar y hacerlo mío. Un departamento que no era hogar, pero que igual me aterraba dejar. De repente, año nuevo.
A mí me cuesta lidiar con los finales en general, y desde que era muy chica fin de año me angustia, lloro, y después se me pasa. Un clásico. No lo puedo explicar, sólo me pasa, y la gente que me conoce ya lo sabe y ya no se preocupa. Todo está bien. Pero este año nuevo en particular era objetivamente angustiante. Al regresar de Dinamarca me agarró una gripe galopante (tercera vez que me enfermaba de gravedad en 3 meses), la mitad se la atribuí al clima polar, la otra mitad a mi cabeza. Igual le puse mucha onda, me puse linda (lindísima!), y me dibujé la mejor sonrisa en la cara.
El plan era ir a la casa de la dueña del departamento que estábamos alquilando. Nos habíamos hecho medio amigotes (más entre ellos dos, yo era un accesorio; una trophy wife que sabía sonreír, quedarse callada y reírme de los chistes intelectuales del marido), y nos terminó invitando a su mega fiesta de niños ricos en su mega departamente en el barrio de Friedrichshain, con 40 botellas de un mega vino francés, con sus mega invitados filósofos y mi mega vacío existencial.

Berlín no es Alemania, eso es cierto en varios aspectos, pero no dejan de ser alemanes. Y los alemanes son -en general- serios, estrictos, organizados, calmos, en fin… se portan bien. El transporte público funciona, no te roban, matan y violan en la calle por caminar sola, los obreros no te chiflan, en fin… la gente no tiene miedo. La Purga (“purga” no como se le llama al laxante, sino como la expulsión de los miembros, considerados sospechosos o indeseables, de una sociedad, empresa o partido político) es una película futurista, donde todos los delitos se legalizan una vez al año. En Berlín, podríamos rodar esa película en plano secuencia cada 31 de diciembre. No que ese día te vayan a robar, matar ni violar sin pena ni consecuencias, pero los 31 de diciembre, en Berlín, el alemán deja de ser alemán.  Tienen locura con los fuegos artificiales. Es su kryptonita de buen comportamiento, son como un mono con una navaja. Si no me creen, búsquenlo en YouTube. Yo no lo busqué en YouTube, yo lo viví, y no exagero. Gente prendiendo fuegos artificiales en plena vía pública, en vez de verticalmente, hacia el cielo, lo hacen de manera horizontal al ras del piso, hacia la gente. Una erupción volcánica de fuegos de todos colores saliendo de la boca del subte. Pero no un chasquibum, digo fuegos artificiales de esos que vuelan 40 metros en el aire, que estallan en color y luz que parece brillantina. Un delirio. Y salvo en un área aislada en la Puerta de Brandemburgo (lo que el Obelisco para Buenos Aires) nadie les dice nada, ningún cana reta a nadie y ningún alemán es civilizado.
Salimos entonces, poniéndole onda, lindos y sonrientes, a la calle. A la purga, a una Alemania que no era Alemania. Sumado un outfit estupendo y unos tacos de 15cm, me puse (nos pusimos todos; el Danés, un amigo suyo sudafricano y yo) unas antiparras tipo para obreros o esquiadores. Parece que los purgadores tienen predilección por apuntar los fuegos artificiales a los ojos.
Llegamos en taxi a la fiesta. Faltaba lo que parecían años luz para la medianoche, y yo quería morir. Entre la guerra fría con el Danés, la violencia de la purga en las calles, todos los malestares que una gripe conlleva, entre los cuales no poder respirar por la nariz, no tener sentido del olfato ni del gusto, por lo que no podía degustar ni disfrutar ni del vino carísimo con el que no estaban invitando ni ninguna comida, mi alemán todavía embrionario, mi angustia de fin de año, la soledad.. era una bola de emociones. Toda la angustia y las lágrimas que había guardado estos últimos meses parecían querer salir justo cuando entramos a esa fiesta. A la cena estaban invitados muchos intelectuales, muchos snobs, y nosotros. Yo en lo personal me sentía como una nena de 5 años en una cena de adultos. Me sentía sola, chinchuda, hambrienta y hubiese dado mi vida por irme a la cama a mirar dibujitos. Un embole. A las 12 todos los comensales brindan rápidamente y se van casi corriendo al living, a mirar por TV los fuegos artificiales controlados por la policía en la puerta de Brandemburgo. El Berlín que mostraban por el noticiero era tan trucho y tan careta como la sonrisa que yo tenía pintada en la cara. Me empiezan a llamar por teléfono mi papá, mi mamá, mi hermana. Entro a otro cuarto de la casa y los atiendo en privado pero aún sonriente, sonrío lo más fuerte que puedo para que se me escuche la sonrisa del otro lado de whatsapp y no preocuparlos, y hago la misma cantidad de fuerza para tragarme las lágrimas. Ay, lo que los extraño! Termino de hablar, busco mi abrigo y le aviso al Danés y a la dueña de casa que me siento de verdad muy mal y que me voy a casa. Eran apenas pasadas las 12, la purga está en su máximo esplendor y podían verse por la ventana las hordas de personas armadas con todo tipo de explosivos de colores, encendiéndolos en medio de la calle y en las veredas. Tratan de refrenarme, explicándome que era muy peligroso salir en ese momento. Prefiero morir en batalla antes que perder la vida acá, pensé. Me puse mis antiparras de obrero o de esquiador y bajé. Sola, el Danés no se dignó siquiera a acompañarme a la puerta. Está bien, pensé; ésta es mi batalla. Y aparte, al irme de esa fiesta yo lo dí, a él y a todo lo que me relacionaba a su persona, por muerto.
De entre una cortina de humo y explosiones coloridas, sale como en las películas a mi rescate, un taxi, un taxi LIBRE. Me subo, él no hablaba inglés, yo no hablaba alemán, pero no importó. Le di mi dirección y no me importaba si me había entendido, si me llevaba al lugar equivocado, si me paseaba y me cobraba el doble; yo sólo quería huir.

En todas las casas/departamentos donde he vivido, siempre se estableció la misma regla: no se fuma adentro. Por suerte ni yo, ni mis viejos, ni mi hermana ni nadie con quien he convivido son fumadores, así que era más bien un regla para los invitados. El Danés, decía que no, pero era fumador. Y durante los 7 meses que llevábamos de convivencia, en todos los diferentes lugares donde vivimos, siempre estuvo de acuerdo y respetó esa regla. Una buena.
El primero de enero me desperté a eso de las 8 de la mañana, sola en mi cama y aún bastante enferma y débil pero sintiéndome más liviana, como aliviada, segura de mí misma, casi hasta contenta. Abrí medio dormida la puerta del dormitorio y me ahogué con un aire denso, algo difuso y grisáceo, y mucho, pero MUCHO olor a pucho. Encaro hacia el baño, y se abre de repente la puerta del living, de donde sale como en las películas de mafiosos una cortina de aire color gris topo de humo de cigarro de un cuartito donde hay 5 tipos jugando al póker, que se disipa enseguida por el resto de la casa. Sale del living el Danés, con cara de impacto, la mandíbula pegada a la oreja, los ojos abiertos grandes como platos y las pupilas grandes como la luna. Lo saludo, mientras me explica con aliento a cenicero que se estaba yendo a la cama y que el sudafricano se quedaría a dormir en el living. Le dije que bueno, que me parecía fantástico, que yo estaría trabajando en mi estudio, le sonreí, le di un beso y se fue a dormir (o al menos a tirarse en la cama). Fue una reacción honesta. Realmente me parecía que la situación estaba bien y me sentía bien conmigo misma al punto de sonreír(le). El plan era perfecto; si él dormía (o al menos estaba tirado en la cama) todo el día, podría yo evitar tener que lidiar con él y disfrutar mi día sin él, y podría tomarme un día “extra” para recuperarme de esta gripe y estar más fuerte para darle fin a toda esta historia. Abrí las ventanas pese al frío para airear la casa y me puse a hacer café; iba a ser un buen día.

A eso del 3 o 4 de enero, con salud y buen humor creciendo a pasos agigantados, vuelvo de una de mis bicicleteadas que esta vez había usado como excusa para eludir la despedida del sudafricano, y lo encuentro al Danés leyendo en el living. Le pregunto si podíamos hablar, y me dice que sí. A mí a esta altura todavía me aterraba la reacción que él podría tener a esta conversación (no sabía si se enojaría, si se violentaría o con qué sorpresa me saldría en semejante situación), y me aterraba la posibilidad de que él insistiera con quedarse con el departamento (y yo de repente sola y sin dónde caerme muerta). Por las dudas y para sacarle de encima cualquier posibilidad de emoción violenta, le hice un tecito de manzanilla. Me senté en la otra punta del sillón, hecha un bollito, calentándome las manos con una taza de té. Me quedé callada unos segundos, y luego de juntar coraje para abrir la boca pero no el suficiente para levantar la vista, le pregunté si él creía que eramos capaces de hacernos felices el uno al otro. Se quedó callado él ahora durante unos segundos, y luego de esquivarme la mirada por unos segundos más y antes de volver a mirar al piso, me dijo que había creído que sí; pero que ahora no estaba seguro de ello.

Tuvimos una charla extensa, superficial y profunda al mismo tiempo; sentida y careta al mismo tiempo. Definitoria, de tono legal. Le pregunté si le gustaría seguir viviendo acá, me dijo que probablemente se quedaría en Berlín, pero no quería quedarse en esa casa. No podría quedarse en ella sin mí; para él había sido nuestra casa, nuestro lugar, nuestro hogar. Perspectivas contrastantes si las hay. Yo había ganado la batalla, todo había salido de la mejor manera de todas. Estaba feliz, estaba libre. Igual durante la charla lagrimeé un poco. Porque soy así, sensible, maricona. Me partía el alma él creyendo tanto en nosotros, en lo que habíamos sido y lo que podríamos haber sido. Tan naif, tan delirante, tan viviendo en una realidad paralela a la mía. Me dio pena. Pero también me parten el corazón los finales, dije eh.. todos los finales. Cualquier final me es doloroso, y más el final de algo que no pudo ser amor. Me parecía tremendamente triste esa parte, y me sentí un poco frustrada, no que no haya resultado con él en particular, pero que otra vez no haya resultado. Con él o con cualquiera. Qué frustrante puede ser, la búsqueda del amor. Y aunque dicen que el secreto está en no buscarlo, yo siempre lo hago. Es parte de mi naturaleza, el amor es mi bandera; no puedo dejar de buscarlo, y aunque me haya costado más de un año darme cuenta, no puedo estar con alguien con quien no pueda contemplar y vivir el amor.
Me sequé las lágrimas, terminamos el té y me dijo que al día siguiente se iría al sur de Alemania a parar unos días a lo del sudafricano. Que quería darme espacio y que le diera hasta mañana, pero ya se iba de Berlín en el primer bondi. Le dije que okay y que gracias. Yo dormiría en mi estudio y él en el living.

Agarré la bici y me fui de la casa para despejarme. Hay una peli noventosa y pochoclera con Nicholas Cage y Meg Ryan, “Un Ángel Enamorado” -que en realidad, como me enteré apenas me vine a vivir acá, es la versión hollywoodense de un peliculón de origen alemán: “El Cielo Sobre Berlín” (Der Himmel über Berlin)-. En la escena casi final de un casi final feliz, ella sale de la casa antes de que él se despierte, y se va en bici a un mercado a comprar las peras más jugosas del condado, para hacerle un desayuno sorpresa. En su camino de vuelta, en una ruta hermosa y llana rodeada de bosques de pino, ella cierra los ojos y se deja llevar en su bici por una leve bajada. Una brisa le acaricia la cara cálida al sol, los rulos dorados de una Meg Ryan de los ’90 al viento, la sonrisa se le ensancha en cada frame. Suelta el manubrio de la bici sin perder el equilibrio ni la velocidad (habilidad de algunos ciclistas que admiro enormemente), los ojos aún cerrados, la sonrisa aún ancha, y extiende los brazos para sentir la brisa con olor a pino en todo el cuerpo. Es una peli medio pelo, pero esa escena, esa Meg Ryan, esa sonrisa al sol, es para mí una de las mejores interpretaciones de felicidad y plenitud en la historia del cine. No recuerdo hace cuánto ví esa película por primera vez, pero esa escena y lo que ella transmite en esos segundos, esos segundos de disfrute absoluto, se me quedó grabado para siempre. De repente BOOM! *SPOILERS ALERT* La atropella un camión. La vemos tirada en el asfalto, charco de sangre, la bici doblada como un moño, las peras rodando ruta abajo.
Cuando después de la charla final y el tecito de manzanilla agarré mi bici y me fui a pedalear sin rumbo, con el frío de invierno de Berlín acariciándome violentamente la cara, las calles vacías, el cielo blanco, me sentí como Meg Ryan en esos segundos de felicidad y plenitud. Qué hermoso es ser libre, estar bien, buscar esa plenitud y felicidad. Y qué fácil es olvidárselo.
Por suerte y para mantener interesante este blog, *SPOILERS ALERT* yo no me morí después de la bicicleteada. Pero esa noche volví a mi casa feliz de estar feliz. No pude dormir del excite que tenía, de lo excitante que me parecía todo lo que me estaba pasando y todo lo que vendría. No tenía idea que después de haber estado viviendo con el Danés en Berlín por 7 meses, mi vida en esta ciudad recién estaba por comenzar.

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