EL DÍA QUE ME FUI

Me mudé dos veces en mi vida. A los 16 cuando me fui de intercambio a vivir un año a Francia, y a los 18 cuando me fui a estudiar a Buenos Aires. No tengo recuerdo de ninguna de las dos. Cero recuerdo. Una laguna, un blanco, un paréntesis vacío. Ni el armado de las valijas, ni el día que me fui, ni el día que llegué. Tengo una memoria bastante selectiva, y tiendo a hacer desaparecer las cosas que me dan miedo.  Y me dan miedo casi todas las cosas. Aunque sean cosas lindas, cosas que quiero, cosas con las que he soñado vivir. Me dan miedo casi todas las cosas. Me aterrorizan los cambios.
El día que saqué el pasaje a Berlín estuve en cama 6 días. Me agarró una gripe asesina, pero no era un virus, era el cagaso.
Escribo sobre este viaje antes de que me olvide. Porque son directamente proporcionales los niveles de entusiasmo y de pánico que todo esto me genera.
Tema valijas. Qué cosa difícil poner toda una vida en dos valijas de 20 kilos. Porque eso tienen las aerolíneas low cost; precios hermosos de bajos pero te recortan el peso del equipaje de 23 a 20, y tienen fama de no perdonar ni 100 gramos. Tengo MUCHA ropa. Cuento casi 200 pares de zapatos. Sí, 200. Tengo mil cosas. Tengo muchos libros, bijoux, una lámpara en forma de beso que me quiero llevar sí o sí, una olla de cera depilatoria, 2 kilos de maquillaje, pantuflas en forma de unicornio. Me quiero llevar todo.
El problema es que nunca fui una light traveler. En eso salgo a mi mamá. Ella es una experta en el sobrepeso de equipaje; experta en llenar hasta el borde las valijas, experta en hacer pasar ese desborde en los aeropuertos sin que le cobren un peso, experta en pasar desapercibidos electrónicos por aduana. Experta, reina, diosa aduanera, jefa y señora del equipaje. Y del de mano también: el carry on, la cartera XXL, una bolsa con abrigo y snacks, otra bolsa con cosas que no entraron en las valijas grandes. Bolso, bolsa, bolsita. Encabeza la lista de cosas que le enervan a mi viejo. Si no los conociera tanto podría jurar que se divorciaron por las diferentes filosofías y estrategias de viaje. El Señor LightTraveler vs. la Señora BolsoBolsaBolsita.
Después de muchas horas logro meter en dos valijas lo que me parece más esencial. Todo me parece indispensable. Peso las valijas y cada una ronda los 30 kilos, estoy en problemas. Saco cosas y se me parte el alma con cada taco aguja que decido dejar en Buenos Aires. Vuelvo a cerrar las valijas, las peso y tengo 9 kilos de sobrepeso. A partir de este momento puedo elegir dos caminos: parecerme a mi mamá o casi parecerme a mi papá. Sacar cosas de las valijas grandes y llenar bolsos, bolsas y bolsitas para llevar todo en cabina conmigo, o reducir cantidad de bultos y viajar liviana. Ya fue, los pagaré, estoy exhausta y me rehuso a resignar más zapatos, y me muero por parecerme a mi papá. Me muero por ser su orgullo, descendiente único del legado del light traveler. En mi última visita a La Cumbre me regaló 200 francos para usar como yo quiera en el viaje, decido usarlos para costear el temita del sobrepeso y parecerme más a él. Me pregunto si el complejo de Edipo tiene precio, y si lo tuviera rondaría los 200 francos.
Mi hermana está viviendo en New York hace 4 meses porque se ganó una beca. Somos muy muy unidas, y le hice creer que no nos íbamos a ver antes de mi viaje. Pero decido hacer una escala sorpresa: EZE-JFK-BER. Llego a Ezeiza, donde me encuentro con mi mamá que va a visitar a mi hermana también. Tiene con ella un carry on, una cartera enorme, un bolso, una bolsa y una bolsita. Real, me hace reir. La amo. Pasamos los controles sin que nos cuestionen ni que nos cobren el sobrepeso ni el cargamento de equipaje de mano.
New York está hermosa y mi hermana también.  Pasamos 10 días alucinantes y es tiempo de rehacer mis valijas nuevamente. Las peso y NO SÉ CÓMO el sobrepeso se duplicó y tengo que lidiar con 18 kilos de sobrepeso. No tiene nada que ver que me haya comprado 3 pares de botas y un par de tacos aguja de brillantina en New York. Nada que ver. Como todavía tenía los 200 francos del edipo a mi favor, decido no preocuparme por los 18 kilos; los voy a pagar, me voy a portar bien, finalmente seré una “light” traveler, papá estaría orgulloso.
Llegamos a JFK. Mis valijas parecen crecer minuto a minuto, me empiezo a poner muy nerviosa con el tema del equipaje. Viajo en una aerolínea low cost y tengo miedo que me reten, que me hagan dejar cosas, que me bajen del avión, fallarle a mi papá. La cola de Norwegian Airlines es larguísima y caótica, me siento en Argentina. Avanza lentamente y estamos casi 2 horas en esa fila. 2 horas en las que transpiro de nervios y mi hermana putea frustrada contra esta hermana desordenada que le tocó, sacando cosas de una valija a otra; si no podíamos deshacernos del peso, al menos podíamos balancearlo. En New York tuvo tiempo de leer y releer el libro de esta mina que le encanta ordenar. Mi hermana mira mis valijas frustrada: le falló a Marie Kondo como yo siento que le fallé a mi viejo.
Llegamos al mostrador. Los empleados de Norwegian están hartos y extenuados, es ventajoso tener al enemigo cansado. Mi hermana me ayuda a poner las valijas sobre la balanza, porque es amorosa pero también porque es imposible levantarlas si no es de a dos. La charlamos mucho a la chica del mostrador, tratamos de mantener contacto visual constante, no soltamos del todo las valijas en la balanza. Pesan un montón, pasan como si nada. La victoria es nuestra, gol de Messi dedicado a Marie Kondo y a padre, +200 francos a mi favor.
El equipaje de mano logré dividirlo en 3: la mochila con la cámara y los equipos (16 kilos), un carry on (13 kilos) y una manta de piel de conejo que me regaló mi mamá para el invierno feroz de Berlín (casi 4 kilos). La teoría y mi tarjeta de embarque dicen que sólo tenía 10 kilos autorizados, bajo todo concepto. Así que era el segundo tomo de la Pesadilla del Sobre Peso. Al final ratifico que no es el dinero lo que te permite salirte con la tuya en la vida, sino saber hacer ojitos y realmente querer algo. Yo realmente quería llevarme todo eso conmigo: los 44 pares de zapatos, la lámpara en forma de beso, la cera depilatoria, la manta de conejo. Lo logré, lo hice. Pasé todo sin que me reten, sin que me cobren. Dudo que mi papá estuviese orgulloso, porque al fin y al cabo no tendré bolso, bolsa, bolsita, pero tengo mochila, carry on, manta y dos valijas. Siento que aún soy su pesadilla genética, pero me siento triunfante.
Me paso el vuelo tratando de no dormir, clavando la mirada en el compartimento por encima de los asientos, tengo terror de que algo salga mal, porque “hay gente que roba de noche en los aviones”, pero me olvido que ya estoy en otro país. El vuelo va repleto de rubios escandinavos. No dejo de preocuparme pero el cagaso vence a la preocupación y me duermo profundamente después del tercer capítulo de los Animaniacs que logro sintonizar en la pantallita de entretenimiento.
Me despierto a las 2 de la mañana y veo el amanecer. Nunca vi algo así. Sí había visto un amanecer desde un avión antes, pero siempre viajé de sur a norte o de norte a sur. Es distinto cuando viajás en linea paralela al ecuador. Es raro y hermoso, como los escandinavos. Miro por la ventanilla y ahí está: asoma el sol 2am. Lo que es raro de viajar de oeste a este en vez de sur a norte, es que se ve más claro el paso de la noche al día. El cielo está literalmente partido al medio. Miro apenas para atrás y hay una noche negra y profunda. Miro hacia adelante y está el amanecer más hermoso del mundo, un horizonte rosa, brillante y prometedor. Me pregunto si es la metáfora perfecta para esta nueva etapa que me toca, este renacer, o si simplemente estoy empezando a alucinar por la falta de sueño. Me convenzo de que es una buena y acertada metáfora.
Hago escala en Oslo, miro hacia afuera del aeropuerto y parece la Patagonia. Me subo al segundo vuelo y la hora y media que nos toma volar a Berlín no se ve nada por la ventanilla. Es una hora y media de nubes densas. Es lo desconocido absoluto, es la intriga, es mi miedo, vuelvo a quedarme dormida.
Llego al aeropuerto de Berlín y ya no está nublado. Llevo puestas unas botas de cuero Harley Davidson de segunda mano que compramos en un negocio vintage en el barrio de East Village en NY. Elegí usar esas para viajar porque resultaron ser el par de zapatos más pesado de todos. Son unas botas tremendas, sexies, rockeras, pesadas. Son para andar en moto no en avión, me hacen sentir poderosa, triunfante, más alta, más linda y hasta capaz de hablar alemán. Quizás ese fue el amuleto de la suerte en toda esta travesía. Son unas botas pateaculos, y me las quiero dejar puestas para siempre.
Retiro mis toneladas de equipaje y me encamino hacia la puerta de salida. Del otro lado está el danés, esperándome sonrojado y sonriente más por nervios que por alegría. Estamos los dos contentos, no paramos de reir y sonreir; ninguno de los dos está muy seguro de en lo que nos estamos metiendo. El danés mira horrorizado mi equipaje y me hace un elegante escándalo por no saber viajar ligeramente. Es como un agente secreto enviado por mi papá y me pregunto si mi Edipo tiene límites.
Salimos del aeropuerto y lo primero que noto de Berlín es que el 80% de las calles -y veredas- son de adoquines. Empiezo a cuestionarme si no fueron al pedo entonces los 14 kilos de zapatos taco aguja. Por las dudas no le cuenten a mi viejo.

 

 

 

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